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San Pedro de Cervatos (Cantabria)

No hay duda, que la joya de nuestra ruta por el “románico erótico” en la provincia de Cantabria la constituye San Pedro de Cervatos, una iglesia a la que se accede por la N-611, y que en 1895 fue declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional. Su ubicación, en El Puerto de Pozazal, fue elegida por los romanos para instaurar la calzada Pisoraca-Portus Blendium (Herrera de Pisuerga-Suances) que mantenían vigilada desde la ciudad de Julióbriga (actual Retortillo), continuando el uso de la vía en la Alta Edad Media con una gran importancia debido a ser un paso estratégico para las incursiones árabes.

San Pedro de Cervatos

Aunque la historia de este antiguo monasterio está rodeada de misterio, se cree que pudo levantarse en torno a los últimos años del siglo VIII o primeros del IX, en el contexto de la nueva organización del territorio basada en el establecimiento de monasterios y bajo la política de los reyes asturianos Alfonso I y Alfonso II de afianzar la población de intramontes, eligiendo por tanto su estratégica ubicación como un lugar de parada en el viaje de la Meseta a la Costa, o viceversa.

El primer documento conservado es el Fuero de Cervatos del año 999, concedido por el conde castellano Sancho García y su mujer Urraca, protegiendo dicho monasterio para que en él se entierre su hijo Fernando. Más dudoso es el Apostolorum Petri et Pauli que nos dice que también fue enterrado el infante Alfonso, hijo del rey de León Bermudo III casado con Jimena, hija del conde Sancho García, que enterraría a su hijo muerto también a una temprana edad.

De la colegiata se deduce, por las inscripciones existentes en una pilastra junto a la puerta de entrada, que fue construía en el año 1129 y posteriormente consagrada en el 1199 por el obispo Marino junto con la construcción de la torre, enmarcándose en este periodo el apogeo del monasterio, convirtiéndose en patrimonio real por el de Santa Eufemia de Cozuelos, que pertenecía a la sede burgalesa. A partir de la segunda mitad del siglo XIII comenzó su decadencia, aunque en el siglo XIV todavía continuará su funcionamiento.

San Pedro de Cervatos

De lo que fue el monasterio tan solo conservamos su iglesia románica y la torre, destacando desde el punto de vista artístico todo el exterior, conservado sin alteraciones desde que la iglesia fue levantada en el primer tercio del siglo XII. A la belleza de la arquitectura puramente románica se suma la decoración de una chambrana ajedrezada, 35 canecillos escultóricos y 4 capiteles decorados con escenas de todo tipo.

San Pedro de Cervatos

Cuando el visitante llega a Cervatos se muestra perplejo ante lo que ven sus ojos. Los canecillos recorren la cornisa y la puerta de entrada, a la que se suman relieves anejos, con imágenes de músicos, animales, saltimbanquis, bebedores, monstruos, hombres itifálicos, autofelaciones, escenas de bestialismo, mujeres exhibicionistas, mujeres embarazadas o pariendo, la lujuria, escenas de coito, etc. En el ábside se abren tres vanos con la misma organización, variando tan solo los capiteles y acaparando todas las miradas la central, donde se ubica la imagen de una mujer desvergonzada que levanta sus piernas enfrentada a un hombre itálico en una actitud semejante.

Autoría: Sandra Martín López. 2022

En el interior, el único testimonio románico se halla en la cabecera, compuesta por el presbiterio, el arco triunfal y el ábside. El ábside incorpora las novedades del románico dinástico en la segunda mitad del siglo XI, siguiendo los modelos de Jaca, Frómista o San Isidoro de León, y muy parecido estéticamente a otros vistos en la ruta: con un primer cuerpo organizado por arquillos ciegos sustentados por capiteles, un segundo cuerpo con tres vanos de arco de medio punto y una bóveda de horno que corona el espacio. Los capiteles son todos de una calidad escultórica excelente que muestran leones o aves afrontadas, motivos vegetales, o la figura femenina con dos serpientes que muerden sus pechos interpretado con el tema de la lujuria y que ya hemos observado en otros casos.

Autoría: Sandra Martín López. 2022