Pasar al contenido principal
x

Vista exterior de la portada norte

Identificador
31281_02_037
Tipo
Formato
Fecha
Cobertura
Sin información
Idioma
Autor
Alberto Aceldegui Apesteguía
Colaboradores
Sin información
Edificio Procedencia (Fuente)

 

País
España
Edificio (Relación)

Iglesia de Santiago

Localidad
Olejua
Municipio
Olejua
Provincia
Navarra
Comunidad
Navarra
País
España
Descripción
LA ESTRUCTURA GENERAL de la parroquia de Santiago de Olejua es muy parecida a la de su vecina de San Millán de Oco. La mayoría de autores apuestan por una cronología cercana al 1200 y por la misma influencia estilística, que no cronológica, del monasterio de Irache. Se trata, al igual que en Oco, de un edificio de una sola nave dividido en cuatro tramos más la cabecera. Entre los siglos XIII y XV se dotó a la iglesia de algunos añadidos de arquitectura militar o defensiva, en el siglo XVI se transformó el primer tramo abriendo a cada lado del mismo capillas y sacristía (ésta en el lado de la epístola), por fin, en el siglo XVIII se edificó la torre y se practicó una portada a los pies que hizo tapiar el antiguo ingreso románico. El ábside, construido en buen sillar, se divide en cinco paños mediante cuatro enormes columnas -dos de ellas casi cubiertas por la fábrica de la sacristía-, apoyadas en podio y culminadas en capiteles decorados, uno, a base de pencas superpuestas nervadas, volutas apenas apuntadas y hojas curvas afrontadas, y de hojas en espiga de diseño normal o invertido, a modo de palma, con palmeta inscrita central. Su talla resulta bastante tosca, ordenando su superficie en tres áreas, la frontal y las laterales, sin apenas pretender dar plasticidad al cuerpo del capitel. En el paño central apreciamos una ventana de gran empaque, con arquivolta de baquetón angular y chambrana, que descansa en una pequeña imposta que se extiende a todo el paño. Se adorna mediante columnas preciosamente decoradas en sus capiteles con dos niveles de bonitas hojas hendidas festoneadas, cuyos extremos se vuelven y cuelgan con hojillas incisas; por detrás se ven formas alancetadas, terminadas en volutillas de esquina, y en medio un adorno trifoliado. El cimacio se prolonga lateralmente hasta las columnas Paradójicamente nada tiene que ver el maestro que realiza estos capiteles de la ventana con el que trabaja en los de las columnas altas, el segundo parece ser un aprendiz del primero, pero de mucha peor calidad. Por la parte inferior de la ventana citada corre una imposta que se alarga a todo el ábside y que presenta, en los tramos menos deteriorados, ornamentación de ajedrezado. El edificio culmina en canecillos lisos oblicuos, en casi todos los casos, que sostienen la cornisa. Apreciamos restos de lo que fueron decoraciones antropomorfas en un par de canecillos del muro del Evangelio, y otro decorado con una gran bola en el muro de la epístola. La primitiva portada románica de medio punto se encuentra -tapiada y pintada de blanco- en el lado del evangelio del tramo de los pies -lo que supone algo excepcional-. Presenta una anchura de casi cuatro metros y consta de tres arquivoltas baquetonadas, arco interior, también baquetonado, y chambrana. Las tres arquivoltas descansan sobre sendas columnas a cada lado, y el arco interior sobre pies derechos; los arranques de las arquivoltas ofrecen superficies lisas que nos recuerdan a una típica solución tardorrománica, a menudo empleada en claustros cistercienses. Apean en cimacios decorados con hojarasca seriada sobre capiteles ornamentados a base de hojas de palma acanaladas, cuyo extremo superior se vuelve dibujando un adorno floronado; un motivo central de palmeta ocupa los espacios intermedios de cada cara. Se trata de relieves de buena calidad que nos llevan a pensar en el mismo maestro que el que vimos en los capiteles de la ventana del ábside. Las columnas terminan en basas irreconocibles por su erosión, habiendo desaparecido, incluso, el fuste de la exterior derecha. Por último, apreciamos un pequeño crismón trinitario en la clave del arco interior que, aún siendo de la misma época, se ha escapado de los estudios de la mayoría de los autores. Muy cerca de la antigua portada románica, en el muro de los pies, encontramos unas marcas en forma de cruz griega que recuerdan a marcas de cantero empleadas en construcciones navarras tardorrománicas. Se encuentran cerca de la portada dieciochesca, grabadas en los sillares más bajos -del lado izquierdo- que no debieron de tocarse al practicar el vano mencionado. Hay que advertir que cruces sencillas de este tipo fueron dispuestas a menudo en las inmediaciones de los atrios empleados con función cementerial. Al interior, los tramos se articulan mediante arcos fajones doblados, apoyados en pilastras y semicolumnas adosadas a las mismas. La cabecera, al igual que en la vecina Oco y por la influencia citada de Irache, no se abre mediante arco triunfal, sino con un simple fajón que descansa, en este caso, en la imposta que corre por todo el templo a la altura de los capiteles, habiéndose eliminado incluso la columna que veíamos en Oco. Los capiteles de las columnas interiores son totalmente lisos y, como en tantas iglesias tardorrománicas, apreciamos la bóveda de medio cañón apuntada para los tramos, y la de horno o cuarto de esfera para la cabecera. En cuanto a la ventana del ábside, debemos decir que, a pesar de tener el retablo renacentista delante, se adivinan, tras la imagen del patrón Santiago, pinturas murales y, lo que es más importante, se aprecia que, al interior, la ventana tiene doble arquivolta y cuatro columnas con capiteles primorosamente labrados a base de hojas de palma acanaladas que se vuelven en adornos floronados en sus extremos, por delante de grandes hojas lisas con volutillas de esquina. Sin duda, nos encontramos de nuevo ante el maestro que realiza los capiteles exteriores de la misma ventana y los de la antigua portada románica. Por último, en el lado del evangelio encontramos la pila bautismal de fuste cilíndrico decreciente y taza semiesférica, decorada con cintas verticales por delante de una horizontal cerca del borde superior, de forma que se delimitan superficies adornadas mediante bolas con cruces incisas que recuerdan a los habituales “botones” o capullos de tradición románica.