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Epitafio de doña Miasol, en un arcosolio de la fachada sur

Identificador
49000_0226
Tipo
Formato
Fecha
Cobertura
41º 30' 0.79'' , -5º 45' 4.53''
Idioma
Autor
José Manuel Rodríguez Montañés
Colaboradores
Sin información
Edificio Procedencia (Fuente)

 

País
España
Edificio (Relación)

Iglesia de San Pedro y San Ildefonso

Localidad
Zamora
Provincia
Zamora
Comunidad
Castilla y León
País
España
Descripción
SE ENCUENTRA ESTA IGLESIA, en origen probablemente una de las más antiguas de Zamora, en el centro del casco histórico de la ciudad, dentro del primer recinto amurallado, en la confluencia de las calles de los Notarios y de Francos y ante la plazuela que lleva su mismo nombre. Su importancia a nivel eclesiástico radica fundamentalmente en el hecho de que aquí reposan y se veneran los restos de San Atilano, obispo de Zamora a comienzos del siglo X y patrón de la diócesis de Zamora, y de San Ildefonso, arzobispo de Toledo en la primera mitad del siglo VII y patrono de la ciudad. Cesáreo Fernández Duro y Ursicino Martínez cuentan que en origen esta iglesia estuvo bajo la advocación de santa Leocadia y que a su vera se edificó el primer palacio episcopal, en el solar que después ocuparía el palacio gótico de los marqueses de Villagodio, ya desaparecido. Sería el lugar donde se instauró el obispado de Zamora en el año 901, siendo su primer obispo San Atilano (901-917), el Attila de la documentación de la época, del que todavía se conservarían su anillo episcopal y un peine litúrgico, reliquias que no obstante parecen bastante posteriores. Pero las noticias más antiguas de una ocupación en este lugar las aporta la arqueología, pues las excavaciones llevadas a cabo en 1989 pusieron a descubierto una necrópolis en la que se localizan algunos objetos que los autores del trabajo datan entre los siglos VI y VIII, aunque creemos que una de las fíbulas halladas puede datarse entre fines del V y comienzos del VI, correspondiendo a los ajuares de los visigodos procedentes de Europa oriental. La presencia de un cementerio es a la vez indicativo de la existencia de un lugar de culto, y aunque no se identificaron de forma clara restos constructivos atribuibles a tan temprana época, ciertos elementos pudieran ser testimonio del indudable templo que hubo de existir ya en época visigoda, quizá aquel semilegendario de Santa Leocadia. La misma excavación descubrió también diversas tumbas que se han fechado entre los siglos XI -momento al que parece corresponder una lauda con cruz griega, alfa y omega- y XIV, a las que posteriormente se sumó el hallazgo de un magnífico frontal de piedra policromada que debió tallarse para acoger las reliquias de San Ildefonso, cuando se redescubrieron, también en el subsuelo de esta iglesia, el día 26 de mayo de 1260. Al margen de aquel primitivo asentamiento de la Semure visigoda y después del vacío histórico que se produce durante la invasión musulmana, el lugar debió ser recuperado para el culto tras la reconquista de la ciudad hacia el año 893. Es a partir de este momento cuando se instaura el obispado y cuando se edificaría -o reedificaría- el templo conocido a partir de este momento como San Pedro, tal como aparece citado en un documento de 1154, aunque en realidad se hable de “la casa del hijo del presbítero de San Pedro”. Este nombre se haría extensivo a todo el barrio o colación adyacente, regido por su propio concilium, como se documenta en 1170. Tras la invención de los restos de San Ildefonso en 1260, esta advocación pasó a formar pareja con la anterior, para finalmente imponerse, de manera que hoy es esta última con la que se conoce a la iglesia a nivel popular. A partir de tan fragmentarias noticias cabe suponer que después del antiguo templo de Santa Leocadia se levantara, al menos, un segundo edificio altomedieval tras la recuperación de la ciudad, que sería sustituido a su vez por la fábrica románica que se nos ha conservado. Tal vez con esta nueva obra pudiera tener relación el documento del que se hace eco Guadalupe Ramos, que, aunque sin data concreta, la autora fecha con anterioridad a 1215 y en el que Juan Díaz hace una manda testamentaria para las obras de San Pedro. También don Giral Fuchel en su testamento, redactado antes de 1238, expresará de forma lacónica su deseo de enviar algún dinero para el mismo fin: “Mando a la obra de San Pedru I morabetinos”. Por estas fechas ya el entorno de la iglesia de San Pedro es el centro neurálgico de la ciudad, discurriendo a su vera la principal calle que atraviesa el núcleo, el carral maior, o lo que es lo mismo, las actuales calles de rúa de los Notarios y rúa de Francos, nombre éste que nos transmite quiénes conformaban, al menos en parte, la población de la zona, donde también se registraba notable presencia hebrea, según A. Represa. Muy cerca de aquí se encontraba también la puerta de la muralla que recibía el nombre de la iglesia y en su entorno, como correspondía a una zona céntrica se documentan algunas tiendas, como la tende que vulgariter dicitur Tenda de Petro García, iuxta Sanctum Petrum, la mitad de la cual entrega el monasterio de Valparaíso al cabildo de Zamora en 1253. La parroquia debió acumular también diversos bienes en el mismo entorno pero también en otras poblaciones, pues ya en 1226 varios de sus clérigos venden a don Pedro de Ribera una yugada de bueyes con sus pertenencias en Aldea de la Franca por doscientos treinta áureos, mientras que en otros documentos se nombran casas pertenecientes a San Pedro en la propia ciudad. A fines del siglo XV el obispo Diego Meléndez Valdés acomete la modificación de la cabecera del templo con el fin de dar mayor relevancia a las reliquias de los santos Ildefonso y Atilano, construyendo la reja y quedando de la forma que hoy la podemos contemplar. Los Cuerpos Santos son colocados en una urna bajo nueve llaves y la solemne elevación al lugar que ocupan se lleva a cabo el 25 de mayo de 1496. Esta obra modificó también todo el interior del templo, que pasó a tener una sola nave, cubierta con bóvedas góticas. Escasos años después, por bula del papa Julio II en 1506, el templo fue elevado a la categoría de iglesia arciprestal que hoy conserva. A lo largo de los siglos XVII y XVIII se acometen nuevas reformas que consistieron fundamentalmente en añadir distintas estancias a la cabecera, destacando la capilla funeraria de Gabriel López de León, que hacia 1678 supone la desaparición del absidiolo románico del evangelio; o la modificación de la fachada occidental realizada entre 1719 y 1721 y la construcción de una nueva portada en el lado norte, que cubre a la románica anterior, obra llevada a cabo en 1795-1796. Debió ser una de las pocas iglesias en las que hasta tiempos muy tardíos se estuvo practicando el rito bautismal por inmersión, en contra del ritual romano que impone la ablución. Tal costumbre fue prohibida expresamente por el obispo Fernando Manuel y Megía en la visita que realizó en noviembre de 1695 a esta parroquia y a la de San Claudio de Olivares. Las continuas reformas que ha sufrido la iglesia dificultan la interpretación de los restos románicos conservados, que casi siempre están enmascarados por modificaciones o simples decoraciones de tiempos posteriores, de ahí que las interpretaciones de los distintos autores varíen sustancialmente e incluso sean en ocasiones contradictorias. Hoy el templo que podemos contemplar es un monumental edificio construido a base de sillería en piedra arenisca de grano grueso, la misma que conforma el sustrato sobre el que se asienta toda la ciudad medieval. Exteriormente se muestra como un edificio cuadrangular, con varios volúmenes, sobre los que destaca la torre que se eleva en la esquina suroeste; en el interior la cabecera se nos muestra como un gran panel pintado con arquitecturas doradas donde se abren tres huecos, con una amplia y alta nave de tres tramos cubiertos con bóvedas góticas de crucería a cuyos pies se dispone un cuarto tramo compartido por el coro y por la base de la torre. La primitiva cabecera aparece envuelta por sacristías y capillas datadas en los siglos XVII y XVIII, mientras que son tres las portadas, de distintas épocas y con diversas reformas, que se pueden apreciar, una al norte, otra al oeste y otra más al sur, ésta ahora impracticable. Ya hemos comentado arriba que la construcción románica que nos ha llegado tuvo que ser históricamente al menos el tercer edificio que se construiría en este mismo solar y aunque a primera vista pueda parecer que es muy poco lo que se ha conservado de él, en realidad se ha mantenido relativamente completo. Tuvo prácticamente las mismas dimensiones que el actual -aunque de menor altura-, formado por triple cabecera de ábsides semicirculares, con sus correspondientes presbiterios que daban paso a una triple nave repartida en los mismos tramos que la actual, con su torre, la misma que en buena parte es la que hoy se puede contemplar y a la que, entonces como ahora, se accedía por una escalera de caracol cuya entrada está en el interior del templo. Creemos que tuvo esta iglesia sólo dos portadas, una al norte y otra al sur, que más o menos se conservan de forma completa. Es necesario por tanto despojar al edificio de sus envoltorios posteriores para poder quedarnos con la imagen original que nos permita hacer el análisis de uno de los edificios más espléndidos de la Zamora románica. Para ello haremos un detenido recorrido por el edificio, desde la cabecera hasta la torre. De la triple cabecera absidada sólo se ha conservado la capilla mayor y el absidiolo de la epístola, aunque en ambos casos muy afectados por distintas reformas. El ábside central aparece al exterior flanqueado por la sacristía, la capilla de López de León y una pequeña estancia que une ambas estructuras modernas, elevándose el hemiciclo por encima de ellas, dejando ver su buen aparejo de sillería que formaba un muro recorrido por cuatro semicolumnillas que dividirían el muro en cinco paños. No se aprecian posibles ventanales y sólo llegan a verse la parte superior de tres de esas semicolumnas, rematadas en cortos capiteles de anchas cestas decoradas con hojas planas rematadas en caulículos. El alero se decora con canecillos de cuatro hojas planas, lanceoladas -modelo harto repetido en numerosas iglesias tardías de la capital, como el Santo Sepulcro, San Juan de Puerta Nueva o la propia catedral, entre otras muchas- sosteniendo una cornisa de nacela con pequeñas molduras en las aristas. Tras el ábside destaca el cuerpo del presbiterio, mucho más alto, hasta el punto que permite abrir en su testero un óculo de doble rosca, lobulada tanto en las dovelas interiores como en las exteriores. Cabe suponer que la nave sería aún más alta, alcanzando prácticamente la misma cota de cumbre que tienen la actual, pero de ello ya no apreciamos ningún indicio. Nada puede verse tampoco de los absidiolos desde el exterior del templo. En el interior las modificaciones llevadas a cabo a partir del año 1496 apenas si dejan ver nada de esta cabecera original. El ábside central se dividió entonces a mitad de altura, quedando la parte superior como camarín para las urnas de los Cuerpos Santos, cerrado con reja, y la inferior como angosto espacio para el altar mayor, división que obligó además a construir un sistema de abovedamientos para sostener toda la parte superior. Posteriormente, entre 1617 y 1621, diversos artistas añadieron decoraciones doradas y esculturas, y entre 1805 y 1807 se realiza el altar mayor, separando el antiguo presbiterio románico -que queda como capilla mayor- del espacio absidado, que, con su bóveda gótica estrellada, cumple desde entonces la función de recóndito despacho. Dentro de este último espacio se llega a apreciar el paramento románico, de sillería, con algunas marcas de cantero y con una imposta que recorrería en origen el sector inferior del muro, formada por un listel moldurado con medio bocel entre dos filetes y nacela recorrida por arquillos ciegos, como los que nos encontraremos en los basamentos de las portadas. Sobre la imposta se aprecian los arranques de los tres ventanales románicos que daban luz a la cabecera, formados por saetera abocinada enmarcada en arco sostenido por dos columnillas, de las que sólo llegan a verse las típicas basas compuestas de plinto, toro, escocia y toro. Igualmente se puede observar cómo los muros del viejo ábside se decoraron, cuando se hizo la transformación tardogótica, con pinturas murales, ya muy maltratadas pero entre las que se aprecian bandas de leones y castillos y restos de una inscripción, con un trampantojo frente a la puerta de acceso que reproduce el modelo de la que sirve de entrada a este espacio. A pesar de tantas compartimentaciones, aún llega a apreciarse la enorme altura del ábside central, cubierto con bóveda de horno y precedido por un corto tramo presbiterial cuyos muros también aparecen recubiertos, aunque se intuye la bóveda de cañón apuntado que lo corona. El absidiolo de la epístola muestra mejor su estructura, con hemiciclo liso, con bóveda de cuarto de esfera y cortísimo presbiterio rematado con bóveda de cañón que por sus dimensiones apenas si es un simple arco; estos abovedamientos parten de una imposta corrida, moldurada a base de listel, filete en ángulo, bocel y nacela. Esta capilla fue modificada ya hacia el primer tercio del siglo XVI para convertirse en capilla funeraria de los Ayala, abriéndose en 1530 un lucillo en el costado norte y una puerta en el testero para dar paso a la sacristía, edificada en 1615 y reformada hacia 1773, destruyéndose entonces, según parece, una ventana románica. Desde esta sacristía se accede a su vez a un pequeño habitáculo desde el que llega a verse parte del paramento exterior del absidiolo, con su alero de destrozados canes. Por lo que se refiere al absidiolo del evangelio, desapareció por completo cuando se construye la capilla funeraria de Gabriel López de León -fallecido en 1648-, con su correspondiente sacristía y con una cripta o pudridero bajo ella. Se conserva a pesar de todo su antiguo arco triunfal, con su imposta, todo revocado e intradosado en ese momento barroco con un nuevo arco, oblicuo, que estrecha algo más la entrada y la orienta hacia el altar de la Inmaculada, nombre con el que conoce también a esta capilla. Los muros de la nave conservan básicamente la estructura románica, aunque igualmente con fuertes alteraciones. El primer tramo es ligeramente más ancho que los demás, dando lugar a un atrofiado crucero, prácticamente inapreciable pero que quizá en época románica podía estar más destacado, mediante el recurso de diferenciarlo en altura. En todo caso, hacia 1496 o en años inmediatamente posteriores las tres antiguas naves se convirtieron en una sola, unificando alturas al elevarse el espacio de las laterales prácticamente hasta la cota que alcanzaría la central, para lo cual se embuten en el paramento románico unas pilastrillas de las que parten los nervios de las bóvedas estrelladas. Más tarde aún, ya en época barroca, se elevan de nuevo los muros y la cubierta pasa a ser de cuatro aguas. En el exterior del muro norte de la nave se aprecian los contrafuertes que separan los distintos tramos, unos apoyos que quizá en origen fueran románicos pero que ahora obedecen a la reforma tardogótica. El primer paño parece totalmente renovado en este momento, añadiéndose un gran ventanal; en el segundo se eleva la gran portada neoclásica realizada en 1795-1796 por Pedro Castellote, delante de la primitiva románica, que aún puede verse dentro del portalillo resultante de la modificación. La vieja puerta se dispone sobre un alto y maltratado zócalo y está formada por tres arquivoltas lisas tradosadas con una chambrana, mientras que el arco de ingreso ha desaparecido. Los apoyos son columnillas acodilladas de basas muy erosionadas pero que parecen estar compuestas por un alto cilindro -quizás un plinto y toro retallados-, caveto y bocel, mientras que los capiteles son de carnosas pencas y los cimacios moldurados con listel, filete anguloso, medio bocel, nacela y medio bocel. Esta portada románica ha sido restaurada una vez descubierta, pues durante casi dos siglos permaneció oculta tras la neoclásica. La misma obra ha puesto también al descubierto una inscripción funeraria recogida por Maximino Gutiérrez Álvarez, quien la fecha en los años centrales del siglo XIII: HIC : IACET DON(us) : DIDAC(us) ABBAS. En el tercer tramo de esta nave -continuando en el exterior de la fachada norte- se aprecia claramente el paramento románico, en cuya parte inferior se disponen dos arcosolios funerarios de medio punto, del mismo momento constructivo y que en algún momento tardío fueron precedidos de una estancia abovedada ya desaparecida, uno de los cuales alberga la siguiente inscripción, publicada igualmente por Maximino Gutiérrez, quien la considera de fines del XII o comienzos del XIII: + HIC IACET PETR VS [..................]. Más completa está la inscripción que se conserva en el lucillo contiguo, fechada el 5 de julio de 1229 y que según aquel mismo autor dice: + OBIIT EGIDIVS PETRI TERCIO NONAS IVLIII SUB ERA MCCLXVII. Sobre esos arcosolios se aprecia un ventanal cegado, posiblemente románico, y sobre éste una hilera de ocho canecillos recortados que indican la altura que tuvo el alero de esta nave colateral, una altura que casi fue doblada al hacerse el recrecimiento gótico. Por lo que se refiere al cuarto tramo, el paramento parece que fue totalmente renovado en época tardogótica y posteriormente en la barroca, reforzándose la base en torno al coro y añadiéndose un potente contrafuerte oblicuo sobre el que fue necesario abrir un arco para salvar el paso de la calle. En el interior este muro septentrional, en el primer tramo, como ya dijimos, pudo conformar una especie de pequeño crucero y sobre él se abrieron dos arcosolios, que presentan sendas inscripciones funerarias, una de ellas correspondiente al epitafio de Esteban Yáñez, caballero de Zamora, de 1272, y la otra al de Domingo Yuanes, arcipreste de Zamora, de 1274. El segundo tramo conserva también el paramento románico, recubierto por unas pinturas fechadas el 17 de agosto de 164? y por un gran cancel de madera cuya construcción motivó ciertas alteraciones en el paramento, cubriendo parcialmente además una inscripción -a nuestro entender desplazada de su ubicación original- fechada por Maximino Gutiérrez a mediados del XIII, autor que la considera como duplicación de la que se veía al exterior, junto a la portada, y cuya lectura sería: [HIC] : IACET [FAM(u)L(us)] [DE]I DON(us) DIDAC(us) [A]BBAS. El tramo tercero, aunque recubierto por el órgano y un retablo, también parece románico y lo mismo ocurre con el cuarto, coincidiendo con el coro -de hacia el siglo XVII- y sotocoro, y separado del resto del templo por una reja de comienzos del siglo XVIII. Pasando al muro sur, en el exterior se nos muestra la fábrica románica igualmente bien conservada, ocupando la mitad inferior del paramento actual -a consecuencia del citado recrecimiento-, con un zócalo que recorre la base y con sus contrafuertes originales, que fueron reforzados mediante dos grandes arbotantes en 1721, según traza de Joaquín de Churriguera. Siguiendo un esquema que en cierto modo podemos ver también en la Puerta del Obispo de la catedral, el primer tramo está decorado con cuatro arcos ciegos de medio punto, soportados por columnillas con capiteles de robustas pencas y cimacios de nacela, apareciendo dentro del más oriental una roseta de botón central y seis hojas cuyos extremos, en gran parte rotos, se vuelven; no hay restos de alero románico pues una hilera por encima de estos arquillos da paso ya a la reforma tardogótica. En el segundo tramo se encuentra la otra portada románica, más decorada que la norte, lo que hace pensar que quizá fuera la entrada principal, aunque hace siglos ya que se halla inutilizada, quedando muy por encima de la actual cota de calle. Su morfología y decoración de nuevo son casi idénticas a las de la Puerta del Obispo: cuatro arquivoltas de medio punto formadas por pequeños lóbulos rematados en peltas, chambrana de nacela y soportes constituidos por tres columnillas acodilladas, a cada lado, con plinto decorado con arquillos ciegos y estrías y capiteles de macizas pencas, motivo que también se encuentra en el remate de las pilastras del arco de ingreso, aunque en este caso la pieza es cuadrangular. Las diferencias con la puerta de la catedral se concretan en algunos detalles: mientras en el arco de la iglesia metropolitana la arquivolta interior tiene peltas simples y en el resto son de doble cola, en San Pedro y San Ildefonso todas re p roducen el modelo de aquella primera, aunque en el caso de esta iglesia tampoco aparece la chambranilla que se ubica entre los dos primeros arcos; por otro lado los capiteles de este templo arciprestal son de cesta algo más alta y por último mientras que aquí los cimacios se molduran con listel, nacela y bocel, en el caso de la catedral la nacela es más suave y el bocel inferior ha sido sustituido por una simple curva. Sobre los dos cimacios interiores del lado derecho se dispone una inscripción funeraria, en letra carolina, bien trazada, fechable hacia las décadas iniciales o centrales del siglo XIII. Dice así: HIC IACET PET(rus) VERMUDI DE LA MORA. Dado el lugar en que se ubica la inscripción cabe pensar que estamos ante un personaje de cierto rango, que tal vez podamos identificar con el Pedro Vermúdez que se titula clérigo de García Muniz y alcalde del rey y que el 13 de enero de 1260 compra, en nombre del obispo don Suero, una heredad que tenía en Villamor de los Escuderos el caballero toresano Álvaro Domingo. Ahora bien, para Maximino González el difunto se llamaría Petrus Vermudi de Xamora y la fecha de la inscripción la sitúa en torno a 1174. Otra inscripción, mucho más tosca e incompleta, se dispone, en dos líneas, en la parte inferior del fuste más oriental, donde sólo se alcanza a leer: [HI]C IACET. El tercer tramo de la nave está muy transformado por reformas posteriores, con la base reforzada, aunque aflora el zócalo original. Sobre él se disponen dos arcosolios funerarios como los que se veían en el lado norte, de medio punto, aunque el resto del muro es macizo, salvo una saetera muy erosionada en la parte superior, en contacto con el alero, del que se ven restos de seis canes, uno de ellos con bola o cabeza, sobre los que ya se dispone el recrecimiento gótico. Los arcosolios albergan sendas inscripciones funerarias cuya cronología es similar a la de la portada: HIC : YACET MIASOL : MVLER : DE : FERNAN BLANCV : HIC : YACET : FERNAND(us) GOMECII. El cuarto tramo de este lado de la nave está ocupado por la torre, de la que nos ocuparemos más adelante, centrándonos de momento en el interior de este mismo muro. Así, en el primer tramo encontramos de nuevo dos arcosolios parejos a los del muro del evangelio y creemos que, como ellos, fueron embutidos hacia el último tercio del siglo XIII. Sólo el más occidental porta inscripción, de buena factura, pero fechada ya en la era MCCCXXIX (año 1291). En el segundo tramo, en el que se halla la portada, el paramento parece igualmente original, aflorando el podium achaflanado que se sigue en toda la obra románica; en el tercero encontramos un nuevo arcosolio de características similares a las de los anteriores, muy cerca del acceso a la escalera de caracol por la que se sube a la torre . Ocupa esta torre-campanario el ángulo suroccidental de la iglesia, tiene planta ligeramente rectangular y presenta actualmente tres cuerpos. En el exterior, el cuerpo inferior, de construcción románica, fue totalmente reforzado con un forro en época barroca, pero el segundo muestra su aspecto original, macizo, con pilastras en los extremos de los muros, mientras que el cuerpo de campanas original fue sustituido en época moderna por el que hoy se conserva. Dentro de la iglesia la torre presenta en su zona baja una alta sala utilizada como museo, cubierta con bóveda de cañón apuntado sobre impostas y que debió estar dividida en dos alturas mediante un forjado de madera, a juzgar por la puerta y ventanas que se conservan en la parte superior, cuya funcionalidad sólo se puede explicar de esta manera. En el muro oeste del museo hay restos de pintura gótica con escenas de la Resurrección, bajo las que se dispone una inscripción fechada en la era MCCCLXII (año 1324). La puerta de acceso es de arco de medio punto, con varias marcas de cantero e impostas molduradas con listel, nacela y bocel, similares a las de la portada sur del templo. Maximino Gutiérrez recoge un maltratado fragmento de inscripción funeraria, descontextualizado, conservado en esta sala y que fecha hacia fines del siglo XII o comienzos del XIII, sin que apenas puedan leerse más que algunas letras. Finalmente, por lo que respecta al muro de poniente de la nave, el exterior fue muy modificado al abrirse la nueva portada entre 1719 y 1721, a expensas de la ciudad y ejecutada por Joaquín de Churriguera y Valentín de Mazarrasa. Sobre esta renovación puede verse un ventanal románico, de arco apuntado y doblado, de arquivoltas molduradas a base de boceles y medias cañas que descansan en cuatro columnillas acodilladas con capiteles de delgadas pencas, dispuestas en dos órdenes, y cuyos extremos se vuelven o enrollan; su factura y decoración son prácticamente idénticas a las que muestra el ventanal de la fachada oeste de Santa María la Nueva. En el interior del templo, al margen de las transformaciones sufridas para disponer el coro, este muro oeste conserva el paramento románico, aunque no se ven en él indicios de otra posible portada anterior a la barroca. En definitiva, este complejo edificio, al margen de una historia que se remonta hasta época visigoda, muestra unos muros que son un compendio de la evolución de los distintos estilos artísticos desde época románica hasta fines del siglo XVIII. Aun así y a pesar de la difícil interpretación de los paramentos, podemos concluir que la primitiva fábrica románica se conserva de forma relativamente completa, hasta el punto que es posible imaginar una iglesia de tres naves, más ancha y alta la central, con absidiolos semicirculares, cuerpo del templo articulado en cuatro tramos -quizá abovedados-, al menos con dos portadas y con fuerte torre. La construcción, sin duda, se hizo de manera unitaria, a fines del siglo XII y/o comenzando el XIII, guardando estrecha relación con otros edificios de la ciudad, como la propia catedral -cuya Puerta del Obispo está en directa relación con las dos que aquí vemos-, con Santiago del Burgo, con Santa María de la Horta o con Santa María la Nueva, en diversos detalles decorativos, así como con toda la serie de templos que se están levantando en la ciudad hacia esas mismas fechas, aunque en el caso de San Pedro y San Ildefonso no se utilicen las características cabeceras zamoranas del momento, con testeros planos, sino los más clásicos ábsides semicirculares. Pero quizá el rasgo que más extensamente relaciona esta iglesia con un contexto tardío del románico zamorano son los canecillos decorados con someras hojas lanceoladas, tal vez la nota más peculiar de esta zona y que encontramos al menos en una veintena de edificios en la ciudad y provincia: catedral, San Juan de Puerta Nueva, San Pedro y San Ildefonso, Santa Lucía, Santo Sepulcro , La Magdalena, San Isidoro, Santa María de la Horta, San Leonardo, ermita del Carmen del Camino, edificios civiles de la calle Balborraz, n.º 44, calle de la Plata, n.º 16, y del arrabal de San Frontis, o en una pieza depositada en el Museo de Zamora -todos ellos en la capital-, a los que pueden sumarse las iglesias de Peleas de Abajo, Fuentelcarnero, Sobradillo de Palomares, Villamor de la Ladre, La Hiniesta, Benegiles, las benaventanas de Santa María del Azogue y San Juan del Mercado, el monasterio de San Martín de Castañeda o el oratorio de la dehesa de La Albañeza, en Abelón. A pesar de tal representatividad es justo reconocer que no pueden considerarse como modelo exclusivo de estas tierras, pues piezas muy similares aparecen en lugares bien lejanos, como en el monasterio burgalés de San Juan de Ortega o en la concatedral soriana de San Pedro y en el monasterio de San Juan de Duero, en esta misma ciudad.
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