La portada del templo románico de San Bartolomé de Nava, conocida por fotografías antiguas del Real Instituto de Estudios Asturianos, se situaba destacada en arimez bajo un tejaroz con canecillos desornamentados. Compuesta por tres arquivoltas lisas, la interior era polilobulada y las dos exteriores de medio punto, siguiendo un esquema similar al de la portada del monasterio ovetense de La Vega, según M. Soledad Álvarez Martínez.
El lado izquierdo de esta portada presenta elementos escultóricos de gran valor, soportando el arco lobulado sobre ménsulas con toscas figuras humanas a modo de atlantes, mientras las roscas exteriores descansan en columnillas con hermosos capiteles de forma troncopiramidal invertida. Estos capiteles destacan por potentes cimacios decorados con lacerías vegetales y motivos geométricos, mostrando relieves de cuidada factura con repertorios próximos a templos como San Andrés de Valdebárcena o Santa María de Narzana.
Específicamente en la jamba izquierda, los capiteles exhiben una cesta decorada con motivos vegetales: hojas lanceoladas de las que cuelgan frutos esféricos, entre las que asoman rostros humanos, creando un efecto naturalista y simbólico. Este modelo continúa composiciones del románico internacional, fijadas en Asturias desde el siglo XII e incluso anteriores, donde la vegetación evoca vida, fertilidad y paraíso. La escena combina elementos fantásticos con realismo, integrando rostros que podrían aludir a almas o testigos divinos entre la abundancia creadora.
En contraste con la jamba derecha, que repite grifos afrontados (animal mitad felino, mitad águila, guardián de lo sagrado) y palomas a ambos lados del cáliz (símbolo grecolatino de Redención y Salvación cristiana), el lado izquierdo enfatiza lo vegetal-prolifero. Los grifos de la otra jamba, en el vértice de la pieza, refuerzan la protección del umbral sagrado, pero el detalle izquierdo privilegia la exuberancia foliar como transición al interior templo.
Estos capiteles troncopiramidales integran un repertorio iconográfico coherente: lacerías que evocan entrelazados cistercienses, geometrías precisas y vegetación dinámica con frutos y rostros, paralelos a otros románicos asturianos. La ménsula atlante toscas del lado izquierdo soporta el peso simbólico del arco polilobulado, con figuras humanas deformes que recuerdan atlantes románicos protectores o condenados, contrastando con la delicadeza vegetal de los capiteles inferiores.
Descripciones decimonónicas de C. Miguel Vigil (1887) y J. M. Quadrado (1855) complementan estas imágenes, aludiendo a la riqueza artística vinculada a Santa María de Villamayor, sugiriendo lazos familiares y artísticos. Tras la destrucción en la Guerra Civil y reconstrucción por Luis Menéndez Pidal, estos detalles sobreviven en fotografías, evidenciando un románico rural asturiano de principios siglo XIII, momento de institucionalización monástica bajo Gontrodo y Teresa Álvarez. El lado izquierdo encapsula así la dualidad guardián-vegetativa, marco simbólico para el acceso al espacio sagrado del cenobio femenino generador de Nava.