Entre los motivos conservados aparecen dos canecillos con rollos, un recurso muy común en el románico asturiano y peninsular. Otros dos muestran numerosas bolas agrupadas en el centro, creando un efecto volumétrico sencillo pero muy expresivo. Uno de los canecillos presenta un cuadrúpedo sin cabeza, mientras que otra ménsula se resuelve con rectángulos superpuestos y concéntricos que le dan una forma casi piramidal.
Por encima de la portada, y ya empotrados en el muro, hay tres canecillos más. Uno se decora con lóbulos, otro muestra una cabeza muy desdibujada, y junto a este último aparece la escena más significativa: el Buen Pastor. Esta figura se representa de forma tosca y desproporcionada, con cabeza grande, sin cabello y ojos expresivos; entre los brazos, hoy perdidos, sujetaba el cordero a la espalda. La imagen tiene un claro sentido alegórico: Cristo como pastor que salva al alma cristiana, un tema muy difundido en el arte paleocristiano y románico.
En conjunto, los canecillos de la portada combinan ornamentación sencilla, símbolos de protección y una escena doctrinal de fuerte contenido religioso, dentro de una escultura rural de aire popular y expresivo.