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Capilla de La Asunción de "Las Claustrillas"

Identificador
09000_0038
Tipo
Fecha
Cobertura
42º 20' 12.60'' , Lomg:3º 43' 13.16''
Idioma
Autor
Jaime Nuño González
Colaboradores
Sin descripción
Edificio Procedencia (Fuente)

 

País
España
Edificio (Relación)

Monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas

Localidad
Burgos
Municipio
Burgos
Provincia
Burgos
Comunidad
Castilla y León
País
España
Descripción
"E pois tornous à Castela De si en Burgos moraba, E un Hospital facía El, è su moller labraba O Monasterio das Olgas" (FLÓREZ, E., España Sagrada, t. XXVII, p. 575). Tras la dotación por parte de Alfonso VIII y la afiliación al Cister del monasterio de San Clemente de Burgos en 1175, el monarca intentó la fundación de otro gran cenobio femenino en la consolidada Caput Castellae. Rodrigo Jiménez de Rada, siguiendo a Lucas de Tuy, señalaba que tras la amarga derrota de Alarcos, Alfonso VIII y doña Leonor alzaron muy cerca de Burgos un monasterio de monjas cistercienses, en realidad una donación particular por la salvación de sus almas y una decidida instancia solicitando el favor de la benevolencia divina. Pero es más probable que la decidida voluntad regia hubiera nacido años atrás, durante la visita de los monarcas al monasterio soriano de Santa María de Huerta y a su santo abad en 1179. En 1181 a Alfonso VIII le nació un hijo varón, mostrándose entonces espléndido con varias casas bernardas femeninas -Ovila, Gradefes, Aza y Matallana-, pero el prematuro fallecimiento del heredero pocos meses más tarde pudo acentuar su remordimiento y el celo piadoso del rey motivando entonces una fundación puntera, y así para Julio González, el planto fúnebre al infante, recogido en el célebre Códice musical de Las Huelgas, permite sugerir que el monasterio ya había sido fundado. En 1185 el rey concedió al obispo Marino de Burgos la iglesia de San Cosme de Cillaperiel a cambio de la iglesia de Santa María de Villalbura; acto seguido el prelado la donó al monasterio quod fabricatur nostris largitionibus et sumptibus iuxta Burgensem civitatem. Se eligió un cómodo emplazamiento a orillas del Arlanzón, en una ribera óptima para el sesteo del ganado y junto al palacio real según infería Lucas de Tuy. Si releemos los estatutos de la orden, se trataba de un lugar muy poco adecuado para una fundación cisterciense. Pero Las Huelgas fueron desde su origen un monasterio atípico y muy especial. Los mismos reyes intentaron que la casa burgalesa, asiduamente visitada por infantas y damas nobles, se instituyera como cabeza de los cenobios femeninos del reino de Castilla. Mientras tanto Alfonso VIII se prodigaba en donaciones a otras casas bernardas como Rioseco, Santa María de los Huertos de Segovia, Ovila y Sacramenia. Martín de Hinojosa, abad de Huerta y que en 1186 asumió la dignidad episcopal segontina, fue un seguro valedor del monarca ante instancias superiores de modo que la fundación llegó a buen puerto y doña Misol fue su primera abadesa. El 1 de junio de 1187, junto a su mujer y a sus hijas, Alfonso VIII otorgaba la escritura de dote: construimus ad honorem Dei et eius genitricis Virginis Marie monasterium in la Vega de Burgis, quod uocatur Sancta Maria Regalis, in quo ordo Cisterciensis ordo perpetuo obseruetur, incluyendo el coto monástico, tierras, rentas, molinos, bodegas y baños reales en Burgos, la Llana de Burgos y sus beneficios, las dehesas de Arguiso y Estepar, una pesquera en la laguna de Muñó, heredades con sus sernas en Belbibre y Pampliega, otras en Barrio de Muñó, Briviesca, Quintanilla (ca. de Castrojeriz), Isar, Monasterio de Rodilla, Hontoria del Pinar, Castro Urdiales y un pozo de sal en Atienza, además de la exención del portazgo para mercaderías y el derecho de pastos y maderas en todos los montes de propiedad real. El monasterio de Las Huelgas quedó bajo la protección real, gozaba de inmunidad dentro de su compás y de pleno señorío jurisdiccional sobre sus propios dominios presentes y futuros. En 1188 el papa Clemente III eximía al monasterio del control episcopal, aunque obviamente sometido a la observancia cisterciense, lo colocaba directamente bajo la protección de la Santa Sede. Martín de Hinojosa obtuvo de Cîteaux el derecho de Las Huelgas para instituirse como cabeza -matrem ecclesiam- de los monasterios cistercienses femeninos hispanos y lugar de celebración de capítulo general cada 11 de noviembre presidido por la abadesa; desde 1189 se dieron cita las abadesas de Perales, Torquemada, San Andrés de Arroyo, Carrizo, Gradefes, Cañas, Tulebras y Fuencaliente, con posterioridad se sumaron Vileña, Villamayor de los Montes, Avia, Barria y Renuncio. Según esta prerrogativa, sólo equiparable al monasterio aquitano de Fontevrault, la abadesa burgalesa adquiría un rango similar al del abad de Cîteaux. Entre 1187 y 1188 la abadía fue engrosando sus propiedades (Peñafiel) y añadiendo mandas familiares, al tiempo que recibía nuevas rentas y privilegios reales: una renta de 400 áureos en las salinas de Atienza a cambio de sus posesiones en Castro Urdiales, Torresandino, la villa de Arlanzón, un olivar en San Cebrián de Mazote, molinos cerca de Talavera, heredades en Magán y Fresno, el Hospital del Rey, los nuevos baños de Burgos y una bodega en Dueñas, etc., acogiendo además frecuentes visitas reales de Alfonso VIII, Leonor y sus hijos, especialmente Berenguela y su nieto Fernando. En 1199, coincidiendo con la llegada del abad Guido, general entonces del Cister, el rey sometía la comunidad monacal a la observancia de la casa madre borgoñona y la peculiar abadía se convertía en panteón real -del infante don Sancho, don Fernando de la Cerda (1211), los reyes fundadores Alfonso VIII y Leonor de Aquitania en 1214, de su hijo Enrique en 1217 y de Constanza, Leonor (1244) y Berenguela (1246), además de María de Almenar (1196), don Nuño (1209) y otros nobles de alta alcurnia-, con la promesa expresa de tomar el hábito de la orden si alguno de los miembros regios decidía abrazar la vida religiosa. En el cenobio de Las Huelgas profesaron varias féminas de ascendencia real: Constanza y Berenguela, hijas de Alfonso VIII; Constanza, hija de Berenguela, así como Berenguela y Constanza, hermana e hija de Alfonso X. Jiménez de Rada atribuía a Alfonso VIII la finalización de las obras del monasterio structuris, claustro, ecclesia et caeteris aedificiis regulariter consummatis. Todas estas elitistas circunstancias que confluyeron en su fundación y dotación convirtieron la casa burgalesa en un monasterio excepcional desde el punto de vista espiritual, jurisdiccional, artístico y social: Las Huelgas se convirtió en panteón real de los reyes de Castilla, detentó un amplio señorío quasi episcopalis, se convirtió en cabeza de la orden y resultó feraz punto de encuentro de novedades musicales y literarias, reforzando la capitalidad de Burgos como auténtica cabeza de Castilla. La monumental iglesia monacal de Las Huelgas, elevada hacia el primer cuarto del siglo XIII, está litúrgicamente orientada y presenta planta cruciforme, con transepto acusado, y tres naves de ocho tramos separados por pilares octogonales de capiteles lisos, cubriéndose con bóvedas de crucería. La capilla mayor describe un ábside poligonal y cuenta con presbiterio recto, está flanqueada por cuatro capillas de testero plano dispuestas en batería y advocadas -de norte a sur- a San Nicolás, San Miguel Santo Tomás Mártir, Santiago Apóstol y Santa Catalina. Junto a la septentrional capilla de San Nicolás se alza un atrio que comunica con la capilla de San Juan. Se trata en realidad de una tipología eclesial un tanto desconcertante, más cercana a la adoptada por las iglesias masculinas de la orden. En la nave central se halla el coro monacal que da paso al crucero mediante una reja. Las esculturas talladas para las nervaduras de las trompas de las capillas recuerdan estereotipos angevinos al tiempo que contradicen la parquedad ornamental cisterciense en un templo que participa plenamente de la estética gótica. La nave septentrional -advocada a Santa Catalina- mantiene un par de puertas cegadas decoradas con dientes de sierra que antaño se abrían al Atrio de los Caballeros, sobre éste se alza una gran torre amatacanada. El atrio cuenta con arcos apuntados instalados entre contrafuertes y capiteles vegetales que rememoran los de las Claustrillas, se cubre con bóvedas de crucería que arrancan de ménsulas vegetales. En el primer tramo de la nave meridional -advocada a San Juan- se encuentra la puerta del corredor de conversas y la correspondiente a la salida de monjas hacia el claustro. La fachada occidental carece de portada aunque queda reforzada -como en ambos brazos del transepto- mediante un par de contrafuertes, tres vanos y agudo piñón. Las Claustrillas, vergel claustral de planta cuadrangular, parece obra perteneciente al primer monasterio alzado por iniciativa de Alfonso VIII y su esposa Leonor Plantagenêt. Hacia el ángulo noreste se alza la cuadrangular Capilla de la Asunción, que pudo ser oratorio y panteón del primitivo palacio real, con alardes almohades, cuenta con arcos polilobulados y bovedillas de mocárabes que contrastan poderosamente con el resto de la pétrea fábrica cisterciense. Se cubre con bóveda ochavada de dieciésis nervios -paralelos dos a dos- que arrancan de cuatro trompas angulares, delimitando así una bella estructura estrellada central mientras que los muros alzados con ladrillo y mampuesto configuran arquillos ciegos polilobulados, en realidad heredera de una tipología que podría entroncar con las exóticas qubbas andalusíes. Hacia el lado meridional dos arcos lobulados y una cesta pinjante delimitan la entrada a un lucilo -como el arco de Mudarra procedente de Arlanza y el ventanal occidental del atrio de Rebolledo de la Torre- que permite acceder hasta un espacio de clara funcionalidad funeraria. En su frente interior se despliega un interesante bajorrelieve con la escena de la ascensión del alma flanqueada de arpías en sus enjutas. La cubrición del mismo plantea tres bovedillas de mocárabes, bajo las que pudieron estar enterrados Alfonso VIII y Leonor hasta 1279. Gómez-Moreno atribuyó el sepulcro al infante Fernando, hijo de Alfonso VIII, que falleció en 1211. La capilla de Santiago, que puede datarse hacia 1275, sirvió para armar caballeros a los monarcas castellanos, tal uso quedaba ratificado al recurrir a una curiosa imagen sedente de Santiago de inicios del siglo XIV cuyo brazo articulado daba el contundente “espaldarazo” guerrero (se custodia ahora en la capilla de Belén del claustro de San Fernando). Se accede desde una puerta practicada en el muro occidental, donde un arco de herradura apuntado apoya sobre capiteles califales y fustes que parecen fruto de un lejano expolia de materiales andalusíes. La capilla se cubre con armadura mudéjar en su cabecera (se trabó una artesa con almizates) y presenta abigarrada decoración de yeserías en su friso superior. Cada panda de las Claustrillas, que mantiene una clara estructura románica, cuenta con doce vanos que apoyan sobre columnas pareadas y capiteles vegetales, reservando machones rectangulares hacia el centro de las pandas, en el lado norte se recrean arquitecturas con vanos rasgados y almenados, ricos manteos, arquillos de herradura, celosías, cupulillas gallonadas y portadillas. Parece evidente que estamos ante la más antigua de las claustras cistercienses castellanas. La fronda vegetal, de sofisticados entrelazos y bayas centrales, tiene algunos paralelos en capiteles silenses y también en los capiteles del claustro de Santa María de Aguilar, dejando además hijuelas en las portadas de Madrigal del Monte y Castil de Lences. La historiografía ha asignado al maestro Ricardo la construcción de este ámbito, que debe datarse poco antes de 1203 -cuando Alfonso VIII le recompensaba con una heredad en la localidad de Salazar de Amaya tras su participación en la construcción del monasterio burgalés-, fecha en que debió instalarse en tierras palentinas para acometer otras empresas edilicias como las de Santa María de Aguilar y San Andrés de Arroyo. Las cuatro galerías de las Claustrillas se cubren con armaduras de madera, conservando muros perimetrales en mampostería con verdugadas de ladrillo. El claustro de San Fernando, cuya construcción se inició en época del rey Fernando III, hacia el primer cuarto de siglo XIII, se convirtió en claustro reglar sustituyendo a Las Claustrillas, destinadas a convertirse en claustro del parlatorio. Sus galerías -alzadas al sur de la iglesia- se cubren con bóveda de medio cañón construida en ladrillo reforzada mediante fajones apuntados que apoyan sobre ménsulas vegetales hacia el interior y otras lisas hacia el patio. En algunas zonas de la bóveda se conservan interesantes yeserías hispanomusulmanas policromadas figuradas con pavos reales, lacerías, atauriques y motivos heráldicos que Torres Balbás dató hacia 1230-60 aunque podrían ser más tardías. Las galerías se abrían al vergel mediante arcadas apuntadas que descansaban sobre columnas pareadas con cestas de crochets, sólo se conservan las del ángulo NE aledañas a la capilla de Belén, pues fueron cubiertas cuando se reforzaron los muros tras la construcción del claustro alto entre 1611 y 1629. La panda oriental aloja la sacristía y el capítulo, además del locutorio y el pasaje a la huerta. La panda meridional deja espacio para la sala de monjas -algo desplazada por la presencia de las Claustrillas, que pudo alojar el dormitorio-, y el refectorio, en una localización donde generalmente se instalaba el calefactorio, se cubre con bóveda de cañón con lunetos que data del siglo XVIII, al tiempo que se cegaron los vanos medievales aún visibles desde fuera y por encima de la bóveda conserva también restos de una armadura mudéjar. Hacia occidente reserva espacio para la cilla rectangular, cuyo piso inferior se cubre con armadura de madera y queda dividida en dos naves mediante seis columnas con capiteles lisos sobre los que apoyan siete arcos apuntados -en su sector central aloja hoy el Museo de Ricas Telas aunque el nivel superior hizo las veces de troje-, corredor y patio de conversas. Al locutorio -hoy museo-, de planta rectangular, accedemos desde una puerta apuntada, se cubre con bóveda de cañón ornada de yeserías policromadas con castillos, rosetas y alafías arábigas. Las impostas alojan un epígrafe con los salmos de David aludiendo a la protección divina contra los enemigos y la fecha de 1275. En el paramento oriental de la misma estancia se abría una portada apuntada cuyas arquivoltas apoyan sobre capiteles vegetales, quizás un primitivo acceso hacia el claustro de San Fernando. El pasaje a la huerta -que conduce hasta la capilla de Santiago y las Claustrillas- se cubre con bóveda de cañón que sigue presentando yeserías e inscripciones con la Salve y un fragmento de Completas. Hacia el muro oriental una puerta adintelada permite acceder hasta la capilla de Santiago. El diáfano capítulo se zanjó con mañosa altura -propia de los monasterios cistercienses femeninos- y declarada sobriedad, apoyando los nueve tramos de crucerías sobre dos pares de soportes centrales de planta circular, finas columnas adosadas, grandes impostas -se imaginan las cestas lisas- que forman ceñido cinturón. No parece aventurado sugerir que acogotadas in situ, nunca llegaran a tallarse. La entrada presenta tres grandes vanos, el central con arco de medio punto cuyas arquivoltas -la central de chevrons- apoyan sobre columnillas de cestas lisas. Los arcos laterales son apuntados, perfilando un doble vano con óculo perforando el tímpano. En los muros del capítulo asoman otras cestas vegetales sobre delgados fustes y suspendidos capiteles-ménsula (hacia occidente) acordes con una cronología de mediados del siglo XIII (en los documentos de consagración de tumbas y altar de la Santa Cruz realizada por el obispo de Albarracín en 1279 se cita la sala del capítulo) para una de las estancias capitulares cistercienses más hermosas de Castilla. Si deseamos penetrar en el compás de adentro debemos traspasar el torreón gótico. Hacia el compás de afuera, junto a la cerca monástica, se alza la capilla de San Martín, remodelada con intención funeraria por Fernando Ruiz de Aguilar, criado de Las Huelgas, según se desprende de su propio testamento dado en 1346 aunque con anterioridad debió hacer las veces de capilla de forasteros. Tiene cabecera recta y cuatro tramos cubiertos con crucerías -bóveda sexpartita en el presbiterio- que apoyan sobre ménsulas ornadas con cabecillas. Hacia el suroeste del cenobio se halla el Patio de Infantas y la capilla del Salvador, quizás antigua cabecera de la capilla del viejo palacio regio, que presenta bóveda de mocárabes repintada en el siglo XVII. Todo el conjunto monacal de Las Huelgas fue utilizado como gran cementerio destinado al enterramiento de los monarcas fundadores (en el coro y frente a la sillería, junto a los sepulcros de doña Berenguela, esposa de Alfonso IX y madre de Fernando III, además de las infantas Berenguela, hija de Fernando III, y Blanca, hija de Alfonso III de Portugal), reyes e infantes (en la nave de Santa Catalina, donde destacan los sepulcros de Fernando de la Cerda y los infantes Sancho, Fernando, Enrique I y las infantas Sancha, Leonor y Mafalda, todos ellos vástagos de Alfonso VIII o Fernando, hijo de Sancho VI de Navarra y primo de Alfonso VIII), e infantas señoras del monasterio (en la nave de San Juan, con los sepulcros de Constanza, hija de Alfonso VIII, Constanza, hija de Alfonso IX, Leonor, hija de Fernando IV, María, hija de Jaime II o María de Aragón, hija de Fernando el Católico), aspirando todos ellos a beneficiarse de un aval tan seguro como el emitido por los rezos monacales. El doble sepulcro exento de los fundadores, sito en el centro del coro eclesial y orientado hacia la capilla mayor, es una pieza de mediados del siglo XIII que apoya sobre los archipresentes peanas con leones. Seguramente encargado por Fernando III el Santo, las cajas rematan en cubiertas a doble vertiente, bajo arquillos trilobulados presentan señas heráldicas del reino de Castilla -castillos dorados sobre campo de gules, un blasón que se instaura como divisa real durante el reinado de Alfonso VIII- y de la dinastía Plantagenêt (tres leopardos coronados). Reserva para los laterales cortos una pareja de ángeles sosteniendo la cruz de la victoria de las Navas de Tolosa (según infería Ricardo del Arco), el rey en su trono entregando el documento de la fundación monacal -un rollo del que pende un sello- a las monjas llegadas desde Tulebras para instituir el cenobio de Las Huelgas (en el de Alfonso VIII), un Calvario en sus brazos aparece el sol y la luna y la ascensión del alma de la reina que surge de un paño sostenido por los típicos ángeles turiferarios (en el de Leonor). El sepulcro de la infanta doña Blanca, también está instalado en el coro. Nacida en 1259, era hija del rey Sancho III de Portugal y de doña Beatriz -hija a su vez de Alfonso X-, profesó como monja en Las Huelgas entre 1295 y su muerte acaecida en 1321. El arca tiene forma trapezoidal y toda su superficie se halla decorada con relieves entrelazados de estrellas con sabor mudéjar que alternan las armas de Castilla y León con las del reino de Portugal. Pero tal vez uno de los sepulcros de Las Huelgas más interesantes desde el punto de vista iconográfico y formal sea el atribuido por Julio González al infante don Sancho, hijo de Alfonso VIII y Leonor, nacido y fallecido en 1181. Gómez-Moreno prefería adjudicárselo a doña Leonor, infanta que murió poco después de su nacimiento. Datado por una inscripción de 1194, se encuentra en la nave de Santa Catalina desde 1251, aunque parece proceder del ámbito de las Claustrillas. De pequeño tamaño, debió acoger un difunto infantil, con cubierta a doble vertiente, está decorado con motivos vegetales, zoomórficos y figurativos. Destaca la representación de las exequias fúnebres con la escena de la elevación del alma bajo un arquillo trilobulado, tema que aparece también en los sepulcros de María de Almenar y de doña Berenguela, además de obispos y abades bajo arquerías almenadas. Para el lateral de los pies reserva el tema del agnus dei y para la cubierta la recepción del alma del difunto por parte de Cristo coronado con nimbo crucífero, además de San Martín partiendo la capa con el atribulado pobre junto a un irreverente grifo. La rica fauna de arpías tocadas con caperuzas, el grifo meticulosamente labrado y los carnosos vástagos vegetales sugieren las habilidades escultóricas ensayadas por los artistas tardorrománicos del segundo taller de Silos. De otro lado, cuerpo y composición, hacen recordar el célebre sepulcro de San Juan de Ortega. Una inscripción epigrafiada sobre su cubierta y poco afecta al adiós de un párvulo reza QUIS QUIS ADES QUI MORTE CADES NRA PLEGE FLORA SUM QUOD ERIS QUOD ES TRE FUI PRO ME PRECOR ORA E MCCXXXII P M F, apareciendo así en tan temprana fecha un tópico funerario de larga duración. La fiable traducción de Gómez-Moreno señala: “Quienquiera que vengas, tú que caerás en la muerte, atiende y deplora la nuestra. Soy lo que serás, lo que eres en el tiempo fui. Ora por mí te ruego. Era 1234”, mas las enigmáticas iniciales PMF, asignadas -con crasas pistas- al insondable Petrus Martini Fui. La misma nave de Santa Catalina aloja la tumba asignada a los despojos de Alfonso X el Sabio o a don Nuño -sobre la misma se lee efectivamente la inscripción: ERA MCCXLVII (1209) O(biit) DOMINUS UN/NIUS X DIES KAL AUGUSTI EN LEONI FERIA V-, según se mire, lo cual hace desconfiar si el carnero hispalense da fe de cuanto presume o si, por contra, se prodigaron en exceso los traslados de momias regias. La caja va decorada con arquerías entre las que se disponen escudos que penden de correas cuyos campos presentan ocho barras irradiando en cruz y aspa en torno a una broca cuadrada más bordura con aspas de San Andrés (para la descripción heráldica remitimos a Gómez Bárcena). La cubierta a doble vertiente deja una cubierta para presentar señas heráldicas con idénticos motivos a los ya descritos mientras reserva para la otra una gran cruz procesional lisada entre roleos. Entre la cubierta y la caja se perfila un tallo de hojillas treboladas. La nave de Santa Catalina acoge además la caja mortuoria de Fernando de la Cerda -primogénito de Alfonso X, casado con doña Blanca, hija de San Luis de Francia y fallecido en 1275 antes de ser coronado-, único sepulcro que se libró del expolio por tener arrimado delante otro carnero. De caja completamente lisa, presenta algunos restos pictóricos: la Virgen con Jesús entre ángeles con candeleros en la cabecera y para el frente octógonos entrelazados cobijando escudos, leones y barras (tal vez por ser hijo de Yolanda, hija del rey Jaume I de Aragón). La tumba queda realzada mediante un arcosolio de triple arquivolta ornada con motivos vegetales y heráldicos que han sido vinculados con los talleres del claustro de la seo burgalesa. El tímpano está ocupado por un Calvario de fines del siglo XIII o inicios del XIV. El sepulcro de Alfonso de la Cerda estuvo frente al de Fernando de la Cerda, se dispone hoy en el centro de la nave y presenta esculpida ornamentación de lacerías de tradición mudéjar, con unas franjas horizontales que delimitan octógonos en los donde se incluyen castillos, leones y lises recordándonos la caja de don Fernando de la Cerda; parece datar del primer cuarto del siglo XIV. En los frontispicios de la cubierta se representa una Virgen sedente con el Niño flanqueada por ángeles portando candeleros (a los pies) y a Cristo Varón de Dolores entre la Virgen y San Juan genuflexos (en la cabecera). En el atrio de San Juan se encuentra el sepulcro de María de Almenar, aunque con escasa seguridad Pérez Carmona considera que la finada pudo ser el aya de la infanta doña Blanca, futura reina de Francia. La pieza data de 1196 según se aprecia en el epitafio: TERCIO X KL IANUARII OBIIT FAMULA DEI MARIA D(e) ALMENARA E(ra) MCCXXXIIII. Es de caja lisa, despliega en su cubierta diferentes arquillos y el tema del lecho funerario con los habituales ángeles psicopompos trasladando el alma de la difunta, además del cortejo de eclesiásticos, laicos y dolientes que asiste a las exequias. Bajo las escenas figuradas surge una banda ornadas con canes, arpías y dragones y otra más de roleos de remedo silense. El cenotafio de doña Berenguela, hija de Fernando III y sobrina de San Luis, rey de Francia, que profesó en Las Huelgas entre 1242 y su fallecimiento en 1279 es obra de un escultor formado en los talleres de la catedral que pudo ser encargado por la propia ocupante con destino a albergar los restos de su abuela la reina doña Berenguela. Instalado en el coro, presenta forma trapezoidal. En su frente dispone escenas con la Epifanía y la Matanza de los Inocentes, reservando para al testero la Coronación de la Virgen y la Ascensión del alma (acompañada de abad y obispo) mientras que en la cubierta a doble vertiente -y bajo arquerías- se desarrollan otros pasajes de la vida del redentor no tan habituales en cajas fúnebres: Anunciación, Visitación Natividad, Anunciación a los pastores, Presentación en el templo y Huida a Egipto, junto a emblemas heráldicos con leones, castillos y águilas, heredadas quizás de su madre doña Beatriz, son las aves distintivas del blasón de la casa de Suabia. En el recinto aledaño al atrio de los Caballeros y junto al brazo septentrional del crucero están instalados cinco sepulcros del primer cuarto del siglo XIII (quizás fueran allí enterrados los Caballeros de la Banda). El más interesante -y que podría fecharse hacia mitad de siglo- procede de las Claustrillas, el frente de la caja representa un Pantocrátor y un apostolado bajo arquillos trilobulados (temas repetidos en otra de las cajas del mismo ámbito), reservando para los laterales la escena de la ascensión del alma y diferentes escudos que penden de correas de sujeción. La cubierta lisa figura un agnus dei en el frontal y la tapa ostenta una cruz procesional sostenida por cuatro ángeles (vuelve a aparecer en otra de las cajas del mismo espacio). Sobre la tapa se alza un curioso baldaquino compuesto por seis columnillas -en las dos centrales se adosan imágenes de San Pedro y San Pablo- que soportan bovedillas con nervaduras de horma aquitana (Lambert) y cuatro ángeles sosteniendo candeleros adosados a las columnillas angulares. De las tumbas del panteón de Las Huelgas, casi todas profanadas y expoliadas durante la francesada, procede el lote más rico de tejidos islámicos hallado en la Península Ibérica. Según delimitó Shepherd puede agruparse en dos grandes series: la hispanomusulmana y la mudéjar o nazarí.