Pasar al contenido principal
x

Capiteles del sepulcro

Identificador
49000_1184
Tipo
Formato
Fecha
Cobertura
41º 30' 12.00'' , -5º 44' 57.57''
Idioma
Autor
Jaime Nuño González
Colaboradores
Sin información
Edificio Procedencia (Fuente)

 

País
España
Edificio (Relación)

Iglesia de Santa María Magdalena

Localidad
Zamora
Provincia
Zamora
Comunidad
Castilla y León
País
España
Descripción
LA IGLESIA DE SANTA MARÍA MAGDALENA de Zamora se sitúa al pie del “carral mayor”, actual rúa de los Francos, la principal arteria del primer recinto murado de Zamora que enlazaba el núcleo del castillo y la catedral con la Puerta Nueva, a cuya vera se alzan también los templos de San Pedro y San Ildefonso y San Juan de Puerta Nueva. En el documento de donación de 1157 otorgado por doña Sancha, hermana de Alfonso VII, a la catedral de Zamora, aparece citada una corte in Sancta Maria Magdalena entre las heredades de la iglesia de San Miguel de Mercadillo, que era el objeto de la cesión al cabildo zamorano. También se la cita en el fuero y en un testamento de 1217, que toma como referencia al templo (propre ecclesia Sancta Maria Magdalenæ). El origen de Santa María Magdalena está envuelto en un fastidioso vacío documental, al que posiblemente no sea ajena la desgraciada suerte de los archivos hospitalarios de Santa María de la Horta y Consuegra. No contamos con testimonio cierto hasta bien entrado el siglo XIII, en el testamento de Giral Fuchel (ca. 1204-1218), quien destina una de sus mandas a la obra de santa Maria Magdalena, y las referencias no son explícitas sobre su pertenencia al Hospital hasta 1248, cuando en un documento de donación a la Orden de San Juan firmado en Benavente, aparece como presente un “don Diego, comendador de Sancta Maria Magddalena” (C. de Ayala Martínez (comp.), 1995, doc. 304). En 1263, es Pelayo Rodríguez, rector de la iglesia de Santa María Magdalena de Zamora, de la Orden del Hospital, quien ratifica con su firma sendas copias de 1210 y 1211 en las que Alfonso IX dona al obispo zamorano Martín la iglesia de Santa María y el castillo de Belver de los Montes. Frey Ruy Fernández aparece como comendador de Santa María Magdalena en otro documento de 1272. En 1282, el prior del Hospital en Castilla y León, fray Juan Yanes, acuerda con el obispo Suero sobre la provisión de rector para Santa María de la Horta, iglesia también sanjuanista, de un sacristán de misa y de un monaguillo. Fue presentado fray Juan Fernández para cura de almas de la misma, aceptado por el obispo e instituido por Pedro Anáez, arcediano de Zamora. Establecen la dotación de dicha iglesia, la congrua y la administración de sus propiedades. El documento fue expedido en Zamora a petición de Pedro Fernández, comendador de la bailía “de la Puente” y teniente del prior de la orden y en él se atestigua un uso parroquial para la iglesia de la Horta, uso del que parece careció La Magdalena. Unos años después, en 1293, el caballero Alfonso Móniz donó al deán Alfonso Pérez y al cabildo cuatro pares de casas en Santa Lucía, sitas en la calleja de Fernán Martínez, lindando con otras de la iglesia de Santa Lucía, y recibió a cambio tres pares de casas y un corral en Santa María Magdalena, sitas en la calleja de los caldereros, lindando con casas del caballero. En 1400, el Cabildo dio a censo a Esteban Rodríguez de Aspariegos unas casas en la colación de Santa María Magdalena, en la calle de Aruosa, cerca de la iglesia de San Pedro, lindantes con casas de las partes, por tres vidas con el cargo de 130 maravedís. Ya en 1508, Bernardo Rodríguez, canónigo y racionero, denuncia ante el cabildo a Juan Fernández, capellán del número y abad de la Cofradía de los Ciento, por su comportamiento soberbio y prepotente acaecido el sábado día 4 de marzo en la iglesia de La Magdalena cuando celebraba un aniversario y no permitió concelebrar con él a Alonso de la Carrera y Juan de Rozas, racioneros y miembros de dicha cofradía. Pese a lo tangencial de estos datos, todo parece indicar una pertenencia de este templo, posiblemente desde su construcción, a la Orden de San Juan de Jerusalén, quizá con un eventual carácter de iglesia concejil, como señala Armando Represa. Aparece citada la iglesia en el texto del Fuero de Zamora, donde se dice que al hombre que hubiese sido herido por otro “le venga fazer derecho al tercer día a la hora de la tercia a Sancta María Magdalena, al portal de la carrera”. En cualquier caso, bajo tutela de los sanjuanistas continuó hasta finales del siglo XIX, incluso tras la desamortización de 1835, como prueban las dos inscripciones de las recolocadas campanas. Una de ellas, datada en 1815, muestra la leyenda: HIZOSE SIENDO PRIOR FREI D(o)N JAZ(in)TO DE COLSA Y A ESPENSAS DE SU SAGRADA RELIG(ió)N DE S(a)N JUAN. La otra, dedicada a san Juan y datada en 1872, reza PRADANOS ME HIZO SIENDO PRIOR DON SERAPIO HERRERO. Tras la desamortización, los feligreses de La Magdalena se incorporaron a las parroquias próximas de San Cipriano y San Ildefonso, quedando cerrado el templo, que fue solicitado para diversos usos, tales como lugar de reunión de la Milicia Nacional o Museo Provincial de Antigüedades cristianas. Finalmente, con la supresión de los prioratos de jurisdicción de las órdenes militares, en 1874, los fieles y parroquias de éstos en Zamora pasaron bajo dependencia episcopal. Ya en el siglo XX se produjo la instalación de la comunidad de Siervas de María que actualmente ocupa las dependencias anejas al templo y se encarga de su mantenimiento. La iglesia de Santa María Magdalena es un soberbio edificio de planta basilical, de nave única dividida en tres tramos de igual longitud y coronada por cabecera compuesta de tramo recto presbiterial y ábside semicircular levemente prolongado al interior, con torre adosada hacia el ángulo noroeste del hastial occidental. Posee tres portadas, una en el citado hastial occidental y otras dos, de mayor desarrollo, abiertas en los muros meridional y septentrional del tramo central de la nave. El conjunto se levantó en sillería con la característica arenisca local de la capital zamorana (impropiamente denominada pudinga zamorana), reservándose la piedra de mejor calidad para la cabecera, en la que son bien visibles las marcas de hacha de la labra, los signos lapidarios y las marcas de colocación, como inmediatamente veremos. En un primer análisis, la arquitectura de este edificio sorprende tanto por la originalidad de algunos de sus recursos decorativos como por los riesgos que asume su traza, que llevaron a Gómez-Moreno a tildarla de torpe al compararla con la de Santa María de la Horta, iglesia con la que la parangona. El autor del Catálogo Monumental diferencia, no obstante, la “elegancia, sobriedad y buenas proporciones” de la cabecera, a la que considera obra de un maestro más arcaizante, de la concepción harto osada de la nave, fundamentalmente en cuanto a sus proporciones. Del análisis murario se desprende, no obstante, que el templo fue levantado en una sola campaña constructiva, posiblemente a caballo entre los siglos XII y XIII. El esbelto ábside se eleva sobre un zócalo moldurado con un fino bocel, profundamente restaurado a juzgar por el grabado de Parcerisa y fotografías antiguas. El tambor aparece dividido verticalmente en tres paños por cuatro semicolumnas adosadas, sobre zócalos y finos plintos, cuyos capiteles alcanzan la cornisa. Otras finas columnillas se acodan en la unión del ábside con el presbiterio. Las basas de estas columnas presentan perfil ático de toro inferior aplastado y lengüetas, de fina ejecución aunque seguramente fruto de una moderna restauración. Horizontalmente, dos impostas molduradas con bocelillos y mediascañas dividen en tres pisos el tambor absidal. La primera corre bajo el cuerpo de ventanas, invadiendo las semicolumnas, mientras la superior, que prolonga los cimacios de aquéllas, se interrumpe en las semicolumnas, disposición que se repite en el interior del hemiciclo. En cada lienzo del ábside se dispusieron ventanas de arco de medio punto sobre columnas acodilladas, siendo ciegas y ornamentales las laterales y sólo albergando una saetera la del eje. Los capiteles de estas ventanas son vegetales, con dos pisos de hojas lisas de puntas vueltas, algunas de nervio central perlado y hojas superiores rematadas en volutas y crochets. El capitel del lado izquierdo de la ventana central se decora con dos niveles de hojas de acanto de bordes y puntas rizadas, muy similares a los interiores de la portada septentrional. La cornisa del hemiciclo absidal, con perfil de bocelillo y nacela, es sustentada por la serie de canes, decorados con dos y cuatro rollos, motivos vegetales de crochets, entrelazos y prótomos de felinos. Los canes del sector septentrional del hemiciclo son de simple nacela. Igualmente soportan la cornisa los cuatro capiteles de las semicolumnas, todos vegetales con hojas y crochets. La articulación del paramento interno del ábside repite el esquema exterior, con los dos niveles de imposta, las semicolumnas que determinan tres calles y las ventanas, decorativas y ciegas las laterales y con vano rasgado la central, fuertemente abocinada hacia el interior. Sin embargo, el piso inferior, sobre el banco corrido moldurado con un grueso bocel, se articula con tres series de dos hornacinas cóncavas que aligeran el potente muro del hemiciclo, dando lugar a un paramento polilobulado. Estas exedras adinteladas constituyen otra de las peculiaridades del templo, copiada en la iglesia portuguesa de Sâo Pedro de Ferreira y quizá relacionables con las de los ábsides de Santa María de Arbas del Puerto (León) o San Juan de Amandi, en Asturias. Como pudo atestiguarse durante una reciente restauración, la cubierta externa del ábside fue originalmente de lajas de piedra, sustituida en época imprecisa por la actual de teja curva. El hemiciclo se cubre con una bóveda de horno reforzada por cuatro gruesos nervios que confluyen en una interesante clave, situada junto al arco toral y decorada con un florón. La corona vegetal de hojas nervadas y carnosas de puntas vueltas y saliente botón central de esta clave es relacionada por Henri Pradalier con las de las colaterales de la catedral de Salamanca, dando el autor francés anterioridad a la obra zamorana. Otra de las peculiaridades del ábside de La Magdalena radica en la planta interior del hemiciclo, de semicírculo levemente prolongado que en altura da la sensación de ultrapasada que en cierta manera impone la disposición de los nervios del cascarón absidal. La escultura de los capiteles de las semicolumnas interiores y las ventanas del ábside repite los esquemas vegetales visto en el exterior El arco triunfal que da paso a la capilla, de trazado también levemente ultrasemicircular, está doblado hacia la nave por otro moldurado con un bocel entre mediascañas que recae en dos capiteles-ménsula lisos. El arco en sí reposa en un responsión fasciculado con seis finos fustes y sendas columnas acodilladas que recogen los nervios laterales del cascarón absidal, con capiteles de hojas lisas con volutas en las puntas y finas hojas nervadas entrecruzadas. Una inscripción en caracteres góticos, hoy desaparecida, recorría la rosca de este arco triunfal, flanqueada por las armas de los Acuña, con un escudo cuartelado con leones y castillos y otro con una banda cruzada. Fue recogida por Quadrado (J. M.ª Quadrado y F. J. Parcerisa, 1861 (1990), p. 68), quien la transcribe como: “Esta capilla es del noble cavallero don Juan de Acuña que Dios aya e de la señora doña Marina Enriques su muger e los que dellos descendieren, la qual dotó dicha señora e despues del señor morió último dia de marzo de mil CCCCLXXX”. Ta mbién la recoge Francisco Antón, quien además publica una fotografía en la que es aún visible (F. Antón y Casaseca, 1910). El tramo recto presbiterial se cubre con bóveda de cañón apuntado, a notable mayor altura que el ábside, lo que permitió abrir en el testero de aquél un óculo que da luz a la nave. Dos ventanas de arco de medio punto doblado se abren en los muros norte y sur del presbiterio, invadiendo parcialmente los riñones de la bóveda. Da paso al presbiterio un robusto arco apuntado y doblado que reposa en potentes semicolumnas sobre basamento, cuyas basas presentan perfil ático de toro inferior achaflanado y con lengüetas, sobre fino plinto. Sus capiteles son vegetales, decorados con hojas lisas de puntas vueltas rematadas en volutas y nervio central perlado. En los paramentos meridional y septentrional del presbiterio se abren, en el extraordinario grosor del muro, dos estancias cerradas con bóvedas de cañón de eje paralelo al del templo, de las que sólo la meridional se conserva intacta. Se accede a ellas por angostos vanos cerrados con dinteles soportados por mochetas con perfil de nacela. Sus reducidas dimensiones (1,70 x 1,50 m la meridional y 1,70 x 1,07 la septentrional) y la presencia de piedras en saledizo como soporte de algún armario de madera nos hacen pensar en su función como archivo o tesoro. La cámara septentrional aparece desfigurada al habilitarse como acceso a la sacristía, moderna y cubierta con cúpula sobre pechinas, que se adosó al norte del presbiterio. El análisis de la nave nos evidencia los riesgos que asumió el arquitecto al realizar la traza. Su idea de plantear un edificio escalonado en altura le llevó a concebir un desmesurado desarrollo para la nave, sin duda fundamentado en el extraordinario grosor de los muros (2,20 m) y en los numerosos y potentes contrafuertes escalonados que los ciñen. Aun así, su planteamiento de cubrirla con una altísima bóveda -suponemos que de cañón apuntado- reforzada por fajones que apean en semicolumnas adosadas, determinando así tres tramos, no resistió el exceso de altura, lo que motivó su ruina y su sustitución por una cubierta de madera a dos aguas, la actual de época reciente. El empuje de la primitiva estructura y su desplome dejaron sus huellas en el edificio en forma de muros desalineados y evidencias de remonte de las partes altas, bajo la línea de la cornisa. Plausiblemente, en este momento se sustituyó la tipología de las ventanas originales, conservadas sólo en el muro norte, por la visible en los dos vanos que flanquean el rosetón en la fachada meridional. Estas dos ventanas son geminadas, de arcos apuntados con parteluz poligonal con molduraciones góticas y pequeños óculos circular y triangular, el conjunto rodeado por un arco de medio punto ornado con un grueso bocel. Hacia el interior estas ventanas manifiestan el profundo abocinamiento en su umbral en talud. El resto de las ventanas presentan una tipología típicamente románica, con saeteras rodeadas de arcos doblados de medio punto y columnas acodilladas interior y exteriormente, salvo la del tramo más oriental de la nave, que carece de ellas. Sus capiteles presentan hojas lisas lanceoladas rematadas en brotes lobulados y hojas de acusado nervio central perlado con cogollos. Recorre interiormente los dos primeros tramos del muro norte una imposta con perfil de nacela que prolonga los cimacios de la ventana más occidental, interrumpiéndose en el tramo más próximo a la cabecera y no apareciendo en el interior del hastial y muro sur. En la actualidad rodean al edificio por el costado norte las dependencias del convento de las siervas de María, aunque en lo fundamental podemos observar en esta fachada que, salvo las bien visibles reparaciones, su aspecto se presenta menos alterado que el muro meridional. La portada de este lado, que daba al antiguo paseo de San Martín, estuvo antiguamente tapiada, tal como señala Quadrado y se comprueba en la obra de Antón, apareciendo ya abierta a principios del siglo XX. El análisis de su ornamentación nos la pone en relación con la escultura de la cabecera y baldaquinos. Se sitúa enfrentada a la meridional, alzándose sobre un basamento corrido, y consta de arco de medio punto y tres arquivoltas, todas molduradas con bocel entre mediascañas y chambrana de nacela y junquillo. Apean en tres parejas de columnas acodilladas en jambas escalonadas de basas restauradas, fustes monolíticos y cimacios moldurados con el típico perfil zamorano de listel, mediacaña y bocel. Sus capiteles vegetales, simétricamente colocados, reciben pencas, alargadas y carnosas hojas de acanto de nervio perlado, puntas vueltas y rizadas que acogen cogollos, hojas lanceoladas acogolladas y otras con volutas. Su factura relaciona estas cestas vegetales, sobre todo las interiores, con las de las ventanas del ábside, y recuerda ejemplos zamoranos tales los visibles en la portada norte de la colegiata de Toro, portada meridional de San Juan del Mercado de Benavente, portada sur de la catedral de Ciudad Rodrigo o algunos fondos vegetales de los capiteles del claustro de la catedral de Salamanca. La referencia del modelo, a nuestro juicio, hay que buscarla en la plástica gallega del último tercio del siglo XII y así, encontramos el esquema en algunos capiteles de la cripta, tramo más occidental y Pórtico de Santiago de Compostela, y en sus derivaciones en la portada occidental de San Esteban de Ribas de Miño, la septentrional de San Juan de Portomarín, etc. Sobre la portada se abre una ventana de vano rasgado con arco de medio punto con dos boceles entre mediascañas y chambrana de nacela sobre columnas acodilladas de capiteles vegetales de hojas acogiendo bolas. En la cornisa de esta fachada observamos los típicos canes troncopiramidales con hojitas, junto a otros con cabecitas, motivos geométricos, dos boceles entre mediacaña, entrelazos, etc. En el hastial occidental, y notablemente descentrados debido a la presencia de la torre que ocupa la mitad de dicho frente, se abrió una portada y sobre ella un rosetón de ocho arcos que al interior se manifiesta como un gran arco de medio punto de alféizar con pronunciado talud, quizá rehecho. La portada, la más sencilla de las tres que posee el templo, se abre entre el cuerpo de la torre y el contrafuerte del ángulo suroccidental, y consta de arco de medio punto ornado con bocel y arquivolta de dos finos bocelillos entre mediascañas, rodeado con chambrana de perfil de nacela y listel. Apean los arcos en jambas lisas con dos columnas acodilladas de basas restauradas, fustes monolíticos y capiteles vegetales decorados, el derecho con dos filas de hojas lanceoladas de puntas vueltas y marcado nervio central perlado, y lisas lanceoladas el derecho, ambos coronados con volutas. Sus cimacios presentan perfil de filete, mediacaña y bocel. La fachada meridional, principal por dar al carral maior, presenta síntomas de refección en época gótica, principalmente el alzado, y mantiene los canzorros de un primitivo pórtico de madera hoy desaparecido. En el tramo central de la nave y enmarcada ente dos contrafuertes se abre la portada, que horada el potente muro, sobre ella una imposta ornada con un tallo ondulante del que brotan hojitas lobuladas, vomitado por dos cabecitas de felino en los extremos, y un rosetón circular exornado por puntas de clavo y tracería tetralobulada de intradoses decorados con puntas de diamante. La portada presenta arco levemente apuntado y polilobulado con perlas en la arista y rosca decorada con florones, hojas y tallos entrecruzados, remedo quizás del arco de la portada norte de la colegiata de Toro -éste, de neto sabor compostelano y orensano- o la norte de Ciudad Rodrigo, aunque a un similar diseño se corresponde aquí un más seco tratamiento. Rodean el arco cuatro arquivoltas y guardapolvos, apoyando el conjunto en jambas escalonadas con cuatro parejas de columnas acodilladas sobre altos plintos y basamento, éstos rehechos. La primera arquivolta se orna con hojas de bordes lobulados y vueltos y grueso nervio central perlado, salvo la clave, que muestra un sonriente rostro sobre fondo vegetal y una dovela cercana, figurada con una representación de un abad u obispo con casulla y mitra, empuñando el báculo en su mano izquierda, colocado en el sentido longitudinal del arco. En el resto de arquivoltas se suceden tallos anillados por banda perlada de los que brotan hojas avolutadas -de idéntico diseño a otros de la primitiva portada exterior del Pórtico de la Gloria de Santiago, hoy en el Museo de la catedral compostelana-, un friso de secos acantos de nervio central perlado y un mascarón monstruoso de rasgos felinos que vomita los tallos trenzados y entre c ruzados acogiendo hojitas lobuladas que ocupan toda la arquivolta externa. Rodea el conjunto una chambrana ornada con una serie de cabecitas sonrientes entre tallo de ondas del que brotan hojitas y pámpanos. La inspiración en la última fase románica de Santiago de Compostela que manifiesta esta portada, creemos que meridiana, se encuentra pues tamizada por la distancia geográfica, las etapas intermedias y la parquedad de recursos del estilo de nuestro escultor. El arco recae en jambas coronadas por relieves en los que dos parejas de dragones se afrontan comiendo el fruto de una hoja de palma, a la derecha, y dos dragones opuestos que se enfrentan a las cabezas monstruosas que rematan las enredadas colas de su oponente. En los capiteles de las columnas acodilladas que recogen las arquivoltas se suceden los dragones afrontados, las arpías con capirote, las masculinas barbadas de cola rematada en brote vegetal o las de larga cola terminada en cabecita monstruosa sobre fondo de hojas lisas con crochets, junto a los vegetales de tallos perlados entrelazados y anillados y los acantos de seca talla, con cogollos anillados en sus puntas y nervios decorados con zigzag, éstos en todo similares a los de la ventana norte del tramo occidental de la nave. El tratamiento de los relieves de esta portada meridional es, pese a la profusión decorativa que manifiesta, el más rudo y seco del templo, con una factura casi gotizante que nos hace pensar en un equipo de tallistas distinto al que ejecuta las esculturas de la cabecera, creemos que en una fecha algo más tardía, por lo que no podemos compartir la pretendida anterioridad que creía ver aquí Gómez-Moreno (op. cit., pp. 166-167). Los cimacios, por último, se decoran con friso de hojitas lobuladas y palmetas entre ellas. Más tardías aún, plenamente góticas, son las dos ventanas que dan luz a la nave en su muro meridional, ambas de arco de medio punto remontado, de vano geminado con dos arcos apuntados y parteluz de sección poligonal coronado por capitel de hojas rematadas en volutas, sobre el que se calan dos oculillos. En el tramo occidental de la nave se abrieron tres lucillos sepulcrales de arcosolios apuntados y abocelados, aparentemente contemporáneos de la construcción a tenor de las marcas de cantero, aunque sin inscripciones identificativas. En el hastial occidental, al norte, se adosó una torre de planta rectangular, a cuyo cuerpo alto da acceso, mediante una puerta abierta en el ángulo noroeste de la nave, una escalera de caracol. La estructura está actualmente desmochada, siendo su remate fruto de una reciente restauración que habilitó una espadaña en la que se aprovecharon varias dovelas de las primitivas troneras, decoradas con un grueso bocel y banda inferior de zigzag. Mayor interés revisten las dos estancias abovedadas que se suceden en el cuerpo bajo y medio de la torre, los únicos conservados. A la primera se accede por un vano adintelado sobre dos mochetas con crochets y a la segunda desde el coro alto por una puerta de arco de medio punto doblado (ésta recibe luz de una saetera abocinada al interior). Ambas se abovedan con medio cañón de eje paralelo al del templo, mostrando abundantes marcas de cantero. Son similares a las de la torre de Santa María de la Horta. Otra interesante peculiaridad de Santa María Magdalena de Zamora radica en la presencia de dos baldaquinos de remate adintelado en el tramo de nave inmediato a la cabecera. Están parcialmente embutidos en el muro de la nave, al que adelgazan, dando lugar a las erróneas lecturas de la planta que interpretan este rebaje como un falso transepto no manifestado al exterior (Antón, Ramos de Castro, etc.). La mera contemplación del alzado de la nave despeja cualquier duda al respecto. Se cubren los baldaquinos con breves bóvedas de cañón ceñidas por robustos arcos de medio punto; los interiores, lisos, recaen en capiteles pinjantes encastrados en el muro y los que se abren a la nave, moldurados con una mediacaña entre dos boceles, reposan en un capitel pinjante y una gruesa columna sobre alto basamento. Hacia el oeste, los laterales presentan remate adintelado, siendo los empujes de la bóveda contrarrestados mediante aparatosos machones de perfil decreciente en talud y embutidos en el muro, solución sin duda más efectiva que estética. Son bien perceptibles las rozas dejadas en el muro por las mesas de altar que se adosaron al mismo en origen y que interrumpen el banco corrido moldurado que recorre todo el edificio interiormente. Los capiteles pinjantes son en ambas estructuras bastante someros, bien lisos, bien decorados con sencillos crochets y con un florón en la base de la cesta. Mayor riqueza manifiestan las columnas exentas, alzadas sobre altos basamentos prismáticos. Presentan basas de fino toro superior, escocia y toro inferior aplastado con lengüetas, sobre plinto moldurado con una mediacaña ornada con bolas; los fustes son torsos, el del lado de la epístola en zigzag y los coronan bellos capiteles vegetales, ambos de estrechas hojas lanceoladas de nervio central, dobladas las de los ángulos y rematadas por voluminosos caulículos en el baldaquino norte y por un tallo ondulante con brotes de hojitas rizadas en el meridional. Los cimacios reciben palmetas inscritas en clípeos anillados y un friso de acantos entre hojitas lanceoladas. No son infrecuentes estos altares laterales bajo ciborio o baldaquino en el románico soriano, burgalés y catalán, con ejemplos tan próximos al nuestro como los de Nuestra Señora del Valle de Monasterio de Rodilla (Burgos), la ermita de los Mártires de Garray, la de San Mamés de Montenegro de Cameros, Ólvega o San Juan de Duero, en Soria, etc. Su función, creemos, está ligada a la multiplicación de altares impuesta por los usos litúrgicos, la misma que explica los altares laterales de los absidiolos de San Martín de Castañeda. Junto al baldaquino del lado de la epístola encontramos, además, un pozo abovedado abierto a la nave mediante un arco de medio punto, contemporáneo a la construcción del templo. Sobre un regruesamiento del zócalo del muro norte de la nave, aparentemente contemporáneo de su construcción, se alza un magnífico monumento funerario, el más notable de Castilla y León junto al cenotafio de San Vicente de Ávila. Mide 2,21 m de longitud por 0,8 m de anchura y 1,74 de altura desde el banco corrido. Se compone de una lauda sepulcral de 1,81 x 0,53 m a doble vertiente, ornada con un fino bocel en el borde y una gran cruz de tipo procesional, patada y perlada, en el centro. En torno y sobre el sepulcro se construyó un soberbio baldaquino arquitrabado sobre cinco columnas, en el fondo del cual se encastraron tres placas esculpidas en altorrelieve que, junto al capitel que recoge el arquitrabe, componen una escenificación del tránsito del alma de la difunta. Ésta aparece representada en el lecho mortuorio, cama de madera de la que penden las sábanas, apoyando la cabeza en dos cojines y sus pies en otro y cubriéndose con un cobertor de gruesos pliegues acostados. Viste la dama toca con barboquejo, calzado puntiagudo, brial de mangas fruncidas y sobreveste, mostrándose con los brazos extendidos y las palmas hacia abajo. Flanquean a la figura yacente dos ángeles turiferarios de acaracolada cabellera, descalzos, ataviados con túnicas y nimbados, que utilizan sus incensarios mientras señalan con sus índices extendidos a la representación de la ascensión del alma que se figura, desbordándolo, en el capitel-ménsula que recoge el dintel central del baldaquino. Vemos aquí el alma de la difunta en forma de personajillo desnudo, mostrando las palmas pegadas ante su pecho, que es elevado en un lienzo por dos ángeles nimbados que surgen de un fondo de ondas en la parte alta del relieve, al estilo de las composiciones del tímpano de San Vicente y un capitel de la girola de la seo de Ávila o la Coronación de María del claustro burgalés de Silos. Aquí ambos alzan sus brazos interiores, reafirmando el sentido ascensional de la escena. Por lo que respecta a la estructura arquitectónica del ciborio, éste se compone de un arquitrabe y crestería con representaciones arquitectónicas que apoyan en la zona media en un dintel, a su vez encastrado en el muro y apeado por el capitel-ménsula y la columna central del frente exterior. También recoge dicho dintel los dos plafones que cierran interiormente el baldaquino, ornados con casetones gallonados de botón central, el izquierdo con una alcachofa y el otro con una grana. Los referentes inmediatos de esta decoración de gallones se encuentran en la Puerta del Obispo de la catedral y en el coro pétreo de Santiago de Compostela, como luego veremos. Sobre el arquitrabe, el coronamiento del monumento se compone de cuatro placas esculpidas, dos en los laterales y dos en el frente, ornadas con arquitecturas figuradas del tipo de las visibles en el citado coro mateano, en el sepulcro de San Vicente de Ávila o, con variantes, en los frisos palentinos de Carrión de los Condes y Moarves de Ojeda, etc., amén de numerosos referentes miniados y del primer gótico de Île-de-France, modelo también toscamente copiado en el sepulcro, ya gótico, de San Isidoro de Zamora. Se trata de formas acastilladas de remate escamoso, con ventanitas rasgadas de medio punto, que cobijan arcos trilobulados de arista con mediacaña y bolas, cuyos timpanillos se decoran con motivos del Bestiario. Vemos así, en el que mira a los pies del templo, dos dragones de rasgos caninos, alas replegadas y cola de remate vegetal, afrontados entrelazando sus cuellos y mordiéndose mutuamente las patas, sobre un fondo vegetal. En los plafones del frente se figuran, respectivamente, dos dragones afrontados de largos cuellos entrelazados, que alzan sus patas en una espléndida y muy lineal composición; sus cabezas son felinas y rugientes, y vomitan tallos y hojarasca, que igualmente remata sus colas. En el otro relieve son dos arpías con extraños capirotes ribeteados con puntos de trépano y colas de gallinácea las que se afrontan y entrelazan sus cuellos. En el tímpano que mira al altar encontramos sin duda la más lograda composición, con dos leones pasantes de rizada melena, afrontados en torno a un tallo vegetal con hojas incurvadas, cuyo aire orientalizante ha sido frecuentemente referido. Los relieves arriba descritos apoyan en cinco columnas, tres exentas en el frente y dos adosadas y acodilladas al interior. Las primeras se alzan sobre plintos y presentan basas respectivamente de sección cuadrada, octogonal y circular, variando también la decoración de sus fustes: estriado y torso con hojitas lobuladas y acorazonadas de nervio central perlado el izquierdo, acanalado de sección octogonal el central y torso el derecho. Las columnas adosadas animan sus fustes con entorchado y acanalado en zigzag. Sus magníficos capiteles se decoran con animales fantásticos (de interior a exterior y de izquierda a derecha): dos aves que picotean los caulículos que rematan las dos coronas de pencas del fondo; dos arpías encapuchadas de alas explayadas, opuestas y con su cola de reptil anudada, una masculina con barba de puntas rizadas y la otra femenina, sobre fondo de hojas lisas y puntas avolutadas y anilladas; cuatro arpías-aves de alas recogidas y enredadas en un tallo del que brotan hojitas sobre un fondo de hojas lisas rematadas en caulículos; el excelente relieve del capitel derecho del frente presenta dos filas de hojas lisas de puntas incurvadas hacia el sepulcro y dos trasgos afrontados que entrelazan sus largos cuellos y sus colas, cuyos cuerpos son de ave, con garras de rapaz que asen el astrágalo y alas replegadas, y sus cabezas de felino, con puntiagudas orejas, abultados ojos y fauces rugientes, conservando aún esta cesta vestigios de policromía, de tonos ocres y azules. Finalmente, el capitel acodillado hacia el este se decora con dos híbridos afrontados compartiendo el pecho, con cuerpo de ave de alas alternativamente recogidas y explayadas, pezuñas de cabra, larga cola escamosa de reptil y largos cuellos anillados por una banda perlada rematados por cabezas felinas de orejas puntiagudas que muerden el ala extendida. Los cimacios presentan variedad de motivos vegetales de cuidado tratamiento, desde las simples palmetas, tallos ondulados con brotes, acantos de nervio central perlado, hojas lanceoladas y otras perladas, de puntas vueltas y lobuladas. Estilísticamente muy cuidados en acabado y composición, ciertos rasgos como la caracterización fisionómica de las figuras, de rostros mofletudos, ojos globulosos y cabellos acaracolados, el detallismo en la resolución de los híbridos, recurrentemente pareados y enredados y la profusión decorativa nos ponen en relación esta pieza con la mejor plástica de finales del siglo XII. Principalmente, las fuentes de inspiración del artista parecen proceden de Galicia, teniendo como punto de referencia el magnífico coro pétreo atribuido al maestro Mateo de la catedral de Santiago de Compostela, disgregado a principios del siglo XVII y ejemplarmente reconstruido en fechas recientes (R. Yzquierdo Perrín, 1999). Las referencias compostelanas de ésta y otras creaciones zamoranas ya fueron señaladas por Filgueira Valverde y Ramón Fernández, y desarrolladas por Pita Andrade, quien con buen criterio consideraba la catedral románica de Orense como un jalón intermedio de su expansión hacia León y Castilla. Pradalier veía una “casi total identidad” entre las figuras humanas del sepulcro zamorano y ciertas claves de bóveda de la nave decoradas con ángeles y dos capiteles de la zona occidental de la catedral de Salamanca, que no duda en atribuir al mismo escultor (H. Pradalier, 1978, I, pp. 225-226). Margarita Ruiz, aun reconociendo la innegable proximidad estilística, se muestra más cauta a la hora de establecer una misma identidad para ambos escultores (M. Ruiz Maldonado, 1988, p. 45). La identidad de la yacente sigue siendo una incógnita, pues no existe inscripción ni signo alguno sobre el monumento, pese a la intuición de ilegibles restos epigráficos en uno de los cojines de la dama que creyó ver Guadalupe Ramos, y que Margarita Ruiz considera al menos dudosos. Descartadas las peregrinas interpretaciones de Francisco Antón o Tomás María Garnacho, y dado el carácter de los constructores del templo, hay que pensar que nuestra dama sería una noble benefactora de la orden y muy probablemente de la propia obra de Santa María Magdalena, pues la construcción de la tumba parece contemporánea de la erección de la nave. La ausencia de testimonios documentales nos deja así nuevamente en el terreno de las hipótesis. Entre las últimas formuladas destaca la de Ávila de la Torre, quien cree que la enterrada es la reina Urraca, hija del portugués Alfonso Enriques y primera esposa de Fernando II de León. De ella consta tanto su vinculación a Zamora como que tras su separación, en 1175, ingresó como freira de la Orden de San Juan. En cualquier caso, esta excepcional pieza del arte funerario del románico hispano, considerada por Pradalier, no sin razón, como “un jalón esencial entre Santiago de Compostela y Salamanca”, añade a su innegable valor estético, en lo estilístico, el hecho de recoger de modo cercano las maneras del famoso Coro del taller de Mateo para la seo compostelana. En resumen, la iglesia de La Magdalena, por sus peculiaridades arquitectónicas y riqueza decorativa, resulta uno de los ejemplares más interesantes del románico zamorano, aceptablemente conservado y en el que se entrecruzan los aires atlánticos -sobre todo galaicos- con las conexiones con las grandes fábricas catedralicias de Zamora, Ciudad Rodrigo y Salamanca. La cronología tardía de esta iglesia se desprende tanto del análisis estilístico de sus soluciones arquitectónicas como de las evidentes relaciones con obras gallegas, zamoranas y salmantinas, pudiendo fijarse un arco temporal aproximado para su edificación entre 1190 y 1215.