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Interior de la cabecera

Identificador
37800_01_004
Tipo
Formato
Fecha
Cobertura
40º 49' 35.63'' , -5º 30' 51.71''
Idioma
Autor
José Luis Alonso Ortega
Colaboradores
Sin información
Edificio Procedencia (Fuente)

 

País
España
Edificio (Relación)

Iglesia de San Juan

Localidad
Alba de Tormes
Municipio
Alba de Tormes
Provincia
Salamanca
Comunidad
Castilla y León
País
España
Descripción
LA DE SAN JUAN es la iglesia románica más importante de Alba y una de las de estilo mudéjar con mayor entidad de la provincia. Se sitúa en la Plaza Mayor, lugar preeminente dentro del casco histórico, junto al ayuntamiento. El Libro de los lugares y aldeas del Obispado de Salamanca, de principios del siglo XVII, se refiere a San Juan como parroquia “de las más principales de esta villa [...], tiene una muy buena iglesia de tres naves, bien enmaderadas, la capilla maior de vóveda y dos cappillas coraterales de lo mismo, con su sacristía y tribuna y buenos ornamentos y la plata necesaria y la iglesia bien reparada”. La estructura original aparece hoy notablemente alterada por las numerosas transformaciones que sufrió el conjunto durante los siglos XV al XVIII, y de las que se vio en parte liberada por la restauración de 1957. Es un templo de planta basilical y tres naves sin transepto, coronado por cabecera triple, con portadas dispuestas en los muros sur y norte, esta última cegada. El conjunto se levantó en ladrillo, aunque combinado con la piedra en los esquinales, dos hiladas de sillería del zócalo exterior de los ábsides y en los elementos escultóricos. De su pasado tardorrománico conserva fundamentalmente la cabecera y los muros de las colaterales hasta la altura de las portadas. La cabecera, compuesta de profundos presbiterios y ábsides interiormente semicirculares, es la estructura mejor conservada, pese al solapamiento del ábside del evangelio y parte del mayor por construcciones modernas. Llama la atención, en primer lugar, la disimetría de los ábsides laterales -probablemente fruto de refecciones posteriores- y el notable esviaje del de la epístola respecto al eje de la nave. El rehecho ábside del evangelio está precedido por presbiterio dividido en dos tramos y cubierto con bóveda de cañón en ladrillo, reforzada por fajones doblados de medio punto e idéntico material, que apean en responsiones con semicolumnas adosadas, mientras que sendas columnas se acodillan entre el tramo recto y el hemiciclo absidal. El paramento interior del presbiterio se anima con arcos doblados ciegos, sobre los que corre una banda de friso en esquinilla y la imposta, con perfil de nacela, sobre la que voltea la bóveda. El breve hemiciclo, muy poco profundo, se cubre con bóveda de horno y articula su paramento interno en dos pisos, el superior liso, en el que se abre una ventana, hoy cegada, de arco doblado de medio punto sobre columnas acodilladas de capiteles vegetales de acantos. Separa el piso superior del inferior -decorado éste con una serie de arquillos ciegos trilobulados- como es recurrente en el románico de ladrillo de la zona, una imposta de nacela y un friso en esquinilla. El ábside de la epístola, único libre de añadidos, manifiesta idéntica distribución interior al del evangelio. Sin embargo, exteriormente este ábside presenta planta poligonal, con zócalo liso entre dos hiladas de sillería, piso inferior animado por dos grandes arcos ciegos de medio punto doblados y con columnas acodilladas de fustes de ladrillo y basas y capiteles líticos, y piso superior retranqueado y también decorado con tres arcos ciegos de similar factura aunque menor tamaño. En el paño central de este piso superior se abre una rehecha saetera, abocinada al interior. En la parte baja del tramo recto se situaron los cuatro sepulcros de la familia de Diego de Villapecellín (†1510), camarero del duque y regidor de Alba, obra del siglo XVI. Al exterior, el presbiterio se decora con dos pisos de arquerías ciegas de medio punto. El ábside mayor presenta planta exteriormente heptagonal y en semicírculo al interior, estando parcialmente solapado por construcciones modernas. Exteriormente se articula el tambor absidal en tres pisos: un zócalo liso con dos hiladas de sillares, piso inferior decorado con arquerías ciegas y dobladas de medio punto y piso superior con similar arquería, de mayor desarrollo y ambas sin columnas. En los paños extremos y central se abren las ventanas, estrechas saeteras fuertemente abocinadas hacia el interior, donde aparecen como ventanas de arco de medio punto doblado, sin columnas. Interiormente, el ábside mayor se cubre con bóveda de horno sobre imposta de nacela y friso en esquinilla. El piso inferior se anima con una arquería ciega de medio punto. El presbiterio de la capilla mayor se cierra hoy con una cúpula barroca sobre pechinas, obra del siglo XVIII, animándose su paramento meridional con arcos ciegos de medio punto, friso en esquinilla y la imposta de nacela sobre la que volteaba la previsible bóveda de cañón original. En el muro del evangelio estos arcos fueron eliminados al disponerse los sepulcros de los caballeros Diego de la Carrera y su hijo Juan Flores, datados en 1536. Las naves se cubren con armaduras de madera, fruto de la restauración de 1957 aunque incorporando, en la nave de la epístola, fragmentos de un bello artesonado mudéjar pintado, de finales del siglo XV. Tanto el cuerpo occidental de las naves como la torre de mampostería y ladrillo son obra moderna, de finales del siglo XVIII (1787). La estructura interior de la nave se encuentra enormemente alterada, habiendo sido sustituidos los pilares de separación de las tres naves por dos amplios arcos formeros escarzanos. Resta de la obra románica parte del muro de la colateral norte, con las ventanas de arco de medio punto doblado que le dan luz y, en un breve antecuerpo, una hoy cegada portada, de arco apuntado y cinco arquivoltas de escaso resalte con imposta de nacela, coronada por un friso en esquinilla y cornisa de nacela. La colateral sur muestra en su paramento externo signos de intervenciones postmedievales y se compartimenta en paños mediante pilastras, en los que, bajo un friso en esquinilla, se abren saeteras rodeadas por arcos de medio punto. En el retranqueo de la nave con el presbiterio, ángulo donde encontramos sillares reforzando el ladrillo, debía acodillarse una columna hoy perdida , a tenor del alto plinto y la deteriorada basa que aún subsiste. En este costado meridional se dispone hoy un moderno atrio, fruto de la última restauración, que sustituye a otro anterior. En su arco de acceso se reutilizaron dos capiteles románicos de ángulo, probablemente procedentes de la primitiva portada meridional, hoy sustituida por otra moderna. En el mismo estilo que el resto de la escultura del templo, el derecho se decora con dos personajes de aspecto simiesco -larga cola, pezuñas de cabra y rostro demoniaco de orejas puntiagudas con profundas arrugas nasolabiales- que comparten cabeza en el centro de la cesta y vomitan tallos perlados rematados en brotes que enredan sus cuerpos. Uno de ellos esgrime una especie de cayado y el otro un contundente cuchillo o hacha. En el otro capitel se representa otro personaje de rasgos similares que engulle o vomita un tallo vegetal enroscado, que ase con una mano. En San Juan de Alba de Tormes, como en la iglesia de Santiago de la misma villa, se combina el ladrillo como sistema constructivo con la decoración escultórica en piedra. La economía de medios lleva, en este caso, a reducir el uso de la piedra a las basas, cimacios y capiteles, usándose ladrillo para fustes y molduras, cuyo tosco aspecto actual sería disimulado por un enlucido hoy eliminado. Junto a los ya referidos capiteles del pórtico meridional, la escultura se concentra en los ábsides laterales, en las cestas que coronan las columnas de las ventanas y las que animan el interior de los presbiterios. Su resolución es ruda y junto a motivos vegetales de acantos, hojas carnosas avolutadas y crochets aparecen temas figurados, como los cuadrúpedos de aire leonino afrontados compartiendo cabeza, dos parejas de aves afrontadas con mascarones monstruosos entre ellas o los personajes simiescos compartiendo cabeza en el centro de la cesta. En el interior de la capilla mayor se custodian otros dos capiteles, unidos modernamente con yeso, que proceden de la desaparecida iglesia de Santiago de la misma villa. Se decoran, respectivamente, con dos basiliscos afrontados de cuellos enlazados por una banda perlada y con sendos híbridos inscritos en roleos perlados, uno reptiliforme de cola enroscada de remate vegetal y cabeza felina coronada por un cuerno y el otro una especie de pez que se engulle la cola. El rudo tratamiento de los relieves y el carácter recurrente de la iconografía no permite mayores precisiones en la filiación de estos relieves, que parecen obra de un taller local, al estilo de los que trabajan en los edificios secundarios segovianos y abulenses. Distinto y excepcional es el caso del apostolado de piedra policromada, presidido por la Maiestas , y la figura de la Theotokos que hoy se conservan en el interior de la capilla mayor. Formalmente se trata de catorce figuras sedentes en un muy alto relieve -prácticamente de bulto redondo- adosadas a placas rectangulares de 110 x 42 cm en el caso de los apóstoles y 120 x 45 cm para las figuras de la Maiestas y María con el Niño. Todos aparecen sentados en sitiales, simples en su mayoría y de varales entorchados y dos filas de arcos de medio punto (estrellas o flores en el de Cristo) entre bandas perladas en los de Cristo, San Pablo y la Virgen. Los apóstoles aparecen descalzos y ataviados con túnica y manto -en cinco casos de cuello ornado con pedrería y perlados- de densos pliegues en tubo de órgano y en “uve” muy pegados a los cuerpos, marcando netamente los volúmenes de las piernas. Dentro del cierto hieratismo de los semblantes y actitudes, cada figura se individualiza por su rostro, de construcción cuadrada y prominentes labios inferiores muy carnosos, actitud y atributos. Once de los apóstoles portan libros, ora abiertos y con ilegibles leyendas, ora cerrados, sobre la pierna derecha o la izquierda. Sólo San Pablo, reconocible por su alopecia, porta una filacteria. Con su otra mano realizan gestos diversos: tres muestran la palma, dos asen un borde del manto, otros dos entrecruzan los dedos índice y corazón y el resto bien la apoyan entre las rodillas, realizan el gesto de bendición, sostienen el libro con ambas manos y finalmente San Pedro sujeta las llaves que lo identifican. Como San Juan evangelista podemos interpretar el único del grupo que carece de barba (aunque un repinte posterior le dotó de ella), bien poblada en los demás, partida y de puntas rizadas o trenzadas. La mayestática figura central representa una Teofanía, de sereno rostro de larga barba partida y larga cabellera que le cae sobre los hombros, vestido con calzado puntiagudo y manto sobre la túnica. Apoya su diestra en un bastón en forma de “tau”, mientras en su otra mano porta el cetro decorado con una flor de lis. Es éste el “Anciano de los días”, un Cristo-Dios atemporal que preside al Colegio Apostólico, sin connotaciones apocalípticas ni contenidos morales específicos. La figura del Todopoderoso reina en el ámbito celeste y los apóstoles son su cortejo, por lo que aparecen descalzos. La figura de María con el Niño, indudablemente de la misma mano que el resto del conjunto, presenta idénticas dimensiones que la de la Majestad. Sentada en un trabajado sitial, viste túnica, manto y velo, sobre el que luce corona, y aparece calzada. Sujeta al Niño con su diestra y muestra la palma de la otra mano. Jesús, sentado en su regazo y centrado, porta el libro en la izquierda y bendice con la diestra. Dos son los interrogantes principales que manifiesta este excepcional conjunto. El primero de ellos es el de la procedencia de las imágenes, hoy situadas en torno al altar mayor, aunque desde la restauración de 1957 estuvieron en el pórtico y antes incluso en el ábside de la epístola, donde las sitúan Quadrado (1865-1872) y Manuel Gómez-Moreno (1901). Desconocemos la primitiva ubicación de las mismas, decantándose quienes las han estudiado por situarlas a modo de friso, presidiendo la fachada meridional del templo (Quadrado) o bien en análoga disposición a la actual aunque empotradas en los paramentos internos del ábside y presbiterio de la capilla mayor (Gómez-Moreno, Yarza). La representación frontal de las figuras y su carácter sedente, que prácticamente obliga a una contemplación a ras de las mismas es argumento, creemos que suficiente, para apuntalar la intuición del autor del Catálogo Monumental, disponiéndose el conjunto de las figuras alrededor de la cabecera, al modo de la decoración interior del ábside de la seo de Zaragoza. Quizá la Theotokos ocupase uno de los ábsides laterales, ya que iconográficamente no parece convenir en exceso su inclusión dentro del cortejo celestial de apóstoles presidido por la Teofanía. La segunda incógnita tiene relación con la filiación artística de las catorce figuras. Sin demasiada consistencia se ha venido repitiendo su hipotética relación estilística con los relieves del pórtico Moissac, extrapolando el mero recuerdo en el diseño de plegados que intuyó Gómez- Moreno. Ni cronológica ni estilísticamente puede sostenerse tal paralelismo, sin que aparezca clara la vía de inspiración del artista o artistas. En cualquier caso, sí aparece como una personalidad distinta a los autores del resto de la escultura del edificio, con algunos recuerdos que nos llevan, desde luego sin poder establecer vínculos y de manera muy difusa, hasta los apóstoles de la Cámara Santa ovetense o la portada meridional de San Juan de Benavente. Aunque no encontremos en la escultura de la catedral salmantina -el referente plástico del románico provincial- puntos de contacto con el apostolado de Alba, allí, como aquí, los ecos de los talleres que trabajaron a mediados del siglo XII en el oeste y Mediodía francés parecen estar en la base de su estilo. Desconocemos también la fecha de erección del edificio, que por sus características formales debió levantarse en los años finales del siglo XII o primeros del XIII, coincidiendo con la revitalización de la villa y su alfoz en época de Alfonso IX de León. La misma cronología parece convenir también a la decoración escultórica estudiada.