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Estatua columna. La Anunciación

Identificador
40357_02_019
Tipo
Formato
Fecha
Cobertura
41º 26' 22.21" , -3º 58' 34.9"
Idioma
Autor
Carlos Villasante
Colaboradores
Sin información
Derechos
Edificio Procedencia (Fuente)

 

País
España
Edificio (Relación)

Iglesia de San Martín

Localidad
Fuentidueña
Municipio
Fuentidueña
Provincia
Segovia
Comunidad
Castilla y León
País
España
Descripción
LAS RUINAS DE SAN MARTÍN se ubican en la zona más elevada del pueblo, sobre un afloramiento rocoso que alberga una necrópolis altomedieval, en la falda oriental del teso donde se asienta la fortaleza, “cerro de la desolación” en la pluma de Gonzalo Santonja. Bien poco es lo que hoy podemos contemplar de la primitiva iglesia románica, reducida a la descarnada osamenta de los muros de su nave única, levantados en el socorrido y robusto encofrado de calicanto tan frecuente en la provincia. Contrastaba con tal utilitarismo constructivo la espléndida sillería de su cabecera, compuesta de tramo presbiterial y ábside semicircular, ambos sobre basamento abocelado, emplazada donde hoy cierra el recinto un anodino muro de mampostería. Y ello debido a que, pese a estar administrativamente protegida por una declaración de Monumento Nacional, la cabecera de San Martín ingresó en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York a cambio de parte de las pinturas de San Baudelio de Berlanga, que el Museo americano adquirió para su devolución a España. Su desmantelamiento se llevó a cabo en 1958 -con la aquiescencia de las instancias culturales de nuestro país- bajo la dirección del arquitecto Alejandro Ferrant, según Gaya a su pesar, trasladándose los despojos hasta el puerto de Bilbao, de donde partieron a América. En desproporcionada contrapartida, el museo americano adquirió al traficante de arte León Leví una parte de las pinturas bajas de San Baudelio de Berlanga, que a modo de trueque fueron colocadas en el Museo del Prado, aunque la transacción se vistió bajo la apariencia de entregas en depósito. “Piedras a cambio de pinturas”, que tituló Gaya Nuño. El desmontaje y reconstrucción de la cabecera de Fuentidueña en el museo de “Los Claustros”, a orillas del río Hudson, fueron realizados con la asesoría de Carmen Gómez- Moreno, prolongándose los trabajos durante dos años, entre el 13 de febrero de 1958 en que llegó el barco al puerto de Nueva York y el 19 enero de 1960, siendo oficialmente inaugurada la obra el 1 de junio de 1961, ya construido el nuevo espacio que emula la nave. Casi nulas son las noticias sobre la iglesia en la época cercana a su construcción. Sólo sabemos que en el censo y reparto de rentas ratificado por el cardenal Gil de Torres en 1247 correspondían a la mesa episcopal en “Sant Martin XXI moravedis et IX soldos”. La iglesia no se utilizaba ya a principios del siglo XVII, pues como refiere Hernansanz Navas, en los libros se apunta que “no se iba a ella en procesión el día de San Mateo, como era costumbre, por estar peligrosísima y si se iba no se entraba porque está caída la techedumbre (sic.)”. Intentaremos describir lo que era aquella iglesia de San Martín a partir de lo poco que resta in situ y de las viajeras piedras. Fotografías anteriores al traslado nos muestran la ya referida diferencia de materiales con los que se levantaron la nave y el campanario, por un lado, y la cabecera por otro. Las primeras lo fueron en calicanto, reservándose la sillería para los esquinales y troneras de su torre -visibles en antiguas fotografías, pues apenas resta hoy un muñón-, ésta situada ocupando el ángulo noroccidental de la iglesia. Debió poseer dos portadas, al norte y sur, ya de antiguo desaparecidas y de las que restaban y restan los huecos que dejaron su expolio. Pese al notable grosor de los muros, todo indica que la nave se cubrió con madera, dada la ausencia de estribos, y frente a la opinión de Carmen Gómez-Moreno, no creemos que corresponda a campaña distinta la responsable de la cabecera, sino a simple economía de medios. La cabecera responde a idénticos patrones que la ya analizada de San Miguel, siendo con bastante probabilidad levantadas ambas por un mismo equipo de canteros y, con leves variantes, de escultores. Muestra presbiterio abovedado con cañón sobre imposta de cuatro filas de finos billetes, unido mediante doble codillo de sillería al cuerpo del templo, animado interior y exteriormente por arquerías ciegas, emplazadas sobre una imposta de nacela que corre a un tercio de altura del muro y se continúa por el hemiciclo. Al exterior, los arcos de medio punto apean en curiosas estatuas-columnas, destrozadas a pedradas, de las que la meridional se decora con un mascarón monstruoso de aire felino y fauces abiertas en actitud de engullir a un agachado atlante barbado, que ase sus piernas con sus manos en gesto de esfuerzo, pues sobre él de disponen otros dos descabezados atlantes, que recogen su túnica con anchos cinturones; éstos, arrodillados, apoyan sus piernas alternativamente en la cabeza de la figura inferior, doblando la otra contra el muro, mientras debían hacer el gesto de soportar el corto fuste que se alza sobre ellos. Corona éste un capitel con tres parejas de aves afrontadas que vuelven sus cuellos hacia atrás y un cimacio de tallos entrelazados. La columna del muro meridional del presbiterio muestra otro destrozado atlante, extremadamente grueso y en apariencia desnudo, y sobre él un capitel vegetal de dos pisos de hojas con pomas en las puntas y cimacio de tetrapétalas. Al interior se repite la estructura, aunque aquí los arcos apoyan en dobles columnas, también sobre destrozadas figuras, coronadas por lastimados capiteles ornados con esfinges y centauros, éstos probablemente arqueros, tocados con bonetes perlados y dividiendo sus dos naturalezas con un cinturón también perlado bajo el que brotan enroscados mechones. Da paso desde la nave al presbiterio un arco triunfal de medio punto y doblado, que apea en una pareja de semicolumnas, con basas áticas de grueso toro inferior con lengüetas, sobre plintos y la prolongación del banco corrido de fábrica sobre el que se asienta toda la cabecera. Coronan estas columnas entregas una pareja de capiteles historiados, bajo cimacios de hojas de hiedra y brotes apalmetados entre roleos. El del lado del evangelio recibe el tema de la Adoración de los Magos, con las monturas en la cara que mira a la nave y los tres reyes ricamente ataviados en el frente, como es tradicional dos de ellos de pie sosteniendo los presentes y el más cercano a la Sagrada Familia arrodillado. Frente a éste, la Virgen sostiene en su regazo al Niño, que avanza su brazo derecho hacia el mago, mediando entre ellos una curiosa y arbitraria forma, recreación arquitectónica de la cueva sobre la que campea la estrella. La figura de San José, tocado con bonete gallonado y ante arquitecturas figuradas, cierra en la cara oriental la escena, que en lo compositivo más que en lo estilístico nos recuerda la del mismo tema en el arco triunfal de San Justo de Sepúlveda. En el capitel del lado de la epístola se representó el tema de Daniel en el foso de los leones, introduciendo sus manos en las fauces y siendo respetado por las bestias, de abultadas melenas, que posan sus zarpas sobre las rodillas de la figura central. En estas dos cestas se pone de manifiesto la duplicidad de facturas dentro del mismo taller -minuciosamente analizadas por Carmen Gómez- Moreno y David L. Simon-, siendo más cuidadosa la mano que labró la Epifanía. El hemiciclo, cubierto con bóveda de horno y en cuyo piso inferior se conservan dos credencias polilobuladas, repite al exterior la distribución vista en San Miguel, con cuatro columnas entregas que delimitan tres paños centrales en los que se abre el cuerpo de ventanas y otros dos laterales, más breves y ciegos. Sobre el zócalo, también rematado en talud, dos impostas que invaden los fustes de las semicolumnas delimitan horizontalmente el tambor en tres niveles; la inferior es de simple nacela, mientras que la superior, que prolonga los cimacios de los capiteles de las ventanas, recibe palmetas entre tallos entrelazados. Las ventanas, rasgadas y abocinadas al interior -donde repiten la estructura con leves variantes decorativas-, se rodean de arcos de medio punto lisos con chambranas abilletadas, apeando en parejas de columnas acodilladas. Sus capiteles se decoran, entre otros motivos animalísticos, con parejas de grifos rampantes; aves bicéfalas de alas explayadas; un mascarón monstruoso que devora las colas de dos dragones con cabezas de ave, a su vez picado en las orejas por éstos, composición que se repite con la variante de morder las alas de dos basiliscos; parejas de arpías masculinas frontales; sirenas de doble cola alzada; rapaces atacando una máscara humana central y aves de largos cuellos agachados picándose las patas enredadas en follaje, motivos estos dos últimos que veremos repetirse fielmente en el interior de Nuestra Señora de La Asunción de Duratón. Otro de los capiteles, el derecho de la ventana central, al interior, muestra dos parejas de aves opuestas que vuelven sus cuellos para picar las granas de un tallo central, que se divide en dos ramas que enredan los cuellos de los animales, dibujando al juntar también sus colas una forma acorazonada. Este motivo tendrá una amplia repercusión en el románico segoviano, y así lo encontramos, con escasas variantes aunque diversas facturas, en las portadas occidentales de San Miguel de Turégano, Tenzuela y la Santísima Trinidad de Segovia, en uno de los formeros de Rebollo, un capitel de ventana de San Justo de Sepúlveda, otro interior de Duratón, etc. Soporta la abilletada cornisa del hemiciclo una serie de espléndidos canecillos, en la que se integran los cuatro capiteles que coronan las columnas entregas, decorados éstos con parejas de grifos rampantes afrontados entre follaje, entrelazo de cestería bellamente calado, arpías femeninas de cabellera partida y alas explayadas -de progenie abulense y que volveremos a encontrar con idéntico tratamiento en el interior de la Virgen de la Peña de Sepúlveda y en Cerezo de Arriba, entre otros lugares-, y dos parejas de felinos afrontados de agachadas testas, vomitando tallos que se enredan en el centro de la cesta, de neta raigambre abulense y notable éxito en tierras segovianas. En los canes vamos a ver desplegados algunos de los motivos que ya observamos en la cabecera de San Miguel y que serán difundidos -y repetidos hasta vulgarizar las formas- a lo largo de casi toda la geografía provincial por numerosas cuadrillas de escultores: un lector con códice abierto sobre sus rodillas; un felino agachado volviendo su rugiente cabeza; un monstruo engullendo la cabeza de un personajillo que le agarra las orejas; una figura femenina con toca plisada y grueso manto de pliegues aplastados y oblicuos, resueltos en zigzag; varias figuras, la mayoría masculinas, sedentes o de pie, algunas con instrumentos musicales, un acróbata, tallos enroscados dibujando una S en la que se alojan dos lises, prótomos de animales, etc. Destacamos de la amplia serie la asociación de dos canes representando el Pecado Original, con Adán desnudo tapándose sus partes con una hoja y la serpiente enroscada al tronco de un árbol, aunque falta la figura de Eva, así como otra pieza con la excelente representación de un castillo o mejor la puerta de una muralla, flanqueada por dos torres almenadas y con tres pisos de arquillos de medio punto. Al interior, en los codillos que articulan el presbiterio y el hemiciclo, se disponen dos sorprendentes estatuas columna en las que, rozando el bulto redondo, se labraron una Anunciación en el lado de la epístola y un obispo en el del evangelio, muy probablemente a San Martín, patrón del templo, éste bajo capitel de dos pisos de acantos y remate avolutado y apoyando sus pies sobre los lomos de dos felinos. Viste ropa talar, tocando su erosionada cabeza con una fragmentada mitra, siendo claramente visibles los dos extremos de la estola y el cíngulo bajo la casulla y sobre el alba, ambas prendas con ricos brocados. Pese a la algo rígida concepción de la anatomía, la figura adquiere cierto movimiento por el juego y la caída de los paños, con pliegues curvos sobre las piernas y los dos en tubo de órgano entre ellas, cuya simetría contrasta con la diversidad adoptada por la casulla debido a la posición de los brazos, con pliegues repartidos en abanico sobre el pecho y dos cascadas de pliegues escalonados en zigzag en los laterales. La fractura de las manos no permite determinar cual era su actitud, aunque podemos suponer que bendecía con la diestra y portaría un báculo o libro en la otra. Su canon se aproxima al de siete cabezas. Las dos figuras del esquinal del lado de la epístola son claramente identificables como el arcángel y María gracias a la filacteria que porta el primero, en la que a duras penas se lee: AVE (M)AR(I)A GRA(TI)A PLENA. El alado y descabezado Gabriel se dirige con un gesto de avance hacia la Virgen, nimbada, que muestra la tradicional actitud levantando ambas manos mostrando las palmas, proporcionando efectos de volumen por el arremolinamiento del manto sobre el pecho, recorrido por amplios pliegues paralelos y otros en U. Los juegos de pliegues de las túnicas y mantos repiten los estereotipos antes señalados en la de San Martín, aunque aquí existe un mayor estudio anatómico, movimiento y por tanto tensión de los paños. Se alza la escena de la Anunciación sobre un relieve con un glouton y seres monstruosos de aire felino, con potentes garras, que parecen ser devorados por el mascarón. En el capitel que corona el grupo se representó una Natividad y Adoración de los pastores atípica por la distribución de las figuras, con dos rústicos en un lateral dirigiéndose hacia la otra cara, donde vemos a María tendida en el lecho y sobre ella, en paralelo, al Niño en su cuna recibiendo el calor del buey y la mula. Desde el punto de vista estilístico, podemos relacionar estos altorrelieves con el San Juan hoy sobre la portada de Santiago de Sepúlveda y las tres imágenes de San Miguel de Segovia, cuya filiación parece conducirnos a las figuras de la portada meridional de San Vicente de Ávila, coincidiendo así con la opinión de Gaillard, Carmen Gómez-Moreno y Vila da Vila. Documentadas y buenas páginas se han dedicado a los avatares que llevaron a cruzar el Atlántico a unas piedras declaradas Monumento Nacional en 1931, frutos de un país empobrecido económica y culturalmente, que era el nuestro, y de un concepto del coleccionismo, que no del Patrimonio, muy en boga desde el siglo XVIII desgraciadamente hasta hoy en día. Pues pisoteados orgullos patrios aparte, nada de norteamericano tiene el expolio de los despoblados y sus arruinados templos, trasladando trillos a dormitorios o pilas bautismales a jardines de modernas urbanizaciones, e igual de absurdo resulta el Museo de los Claustros, si es que lo es, que el Arqueológico Nacional, que lógicamente no es tal. Ignoramos si la destechada cabecera de San Martín hubiera aguardado la bonanza, otra vez económica y a veces cultural, que desde el último tercio del siglo XX permite que vayamos conservando incluso lo por mor de los tiempos está en desuso, así que otórguesenos que consideremos aquella expatriación más como síntoma de un periodo por fortuna pasado -y así la califiquemos de hecho histórico-, que como afrenta actual. Y con el mismo objetivo recogemos la nota que en su espléndida La arquitectura española en sus monumentos desaparecidos publicase Gaya Nuño en 1961, justo testimonio de que no todas las voces -y había que atreverse contra tanta determinación oficial- fueron complacientes con el traslado: “En la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando votaron en contra de la cesión de esta iglesia los señores Menéndez Pidal, Cort, Benedito, Esplá, Moisés de Huerta y el Infante de Baviera, absteniéndose o votando en blanco el marqués de Moret. En la Real Academia de la Historia, el único voto en contra fue el de don Leopoldo Torres Balbás”. Escrito quede en justicia a su memoria -y a la del vizconde de Altamira, delegado de Bellas Artes de la provincia de Segovia, quien dimitió- tal rechazo a un desafuero del que fueron partícipes, junto al obispo de Segovia de entonces, otros ilustres prohombres como Sánchez-Cantón (Director del Museo del Prado), Manuel Gómez-Moreno y Gallego Burin (Directores Generales de Bellas Artes), Areilza, Ruiz Giménez o Rubio, los tres últimos, respectivamente, embajador de España en Estados Unidos y sucesivos ministros de Educación Nacional. Remitimos al lector interesado en conocer las dos orillas de este turbia laguna de nuestro patrimonio monumental a lo escrito por James Rorimer y Carmen Gómez-Moreno por un lado, y Justo Hernansanz, José Miguel Merino y Gonzalo Santonja por el otro en las obras citadas en la bibliografía.