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Fachada occidental

Identificador
09198_08_013
Tipo
Formato
Fecha
Cobertura
42º 15' 5.62'' , -3º 28' 21.47''
Idioma
Autor
Jaime Nuño González
Colaboradores
Sin información
Edificio Procedencia (Fuente)

 

País
España
Edificio (Relación)

Monasterio de Santa María la Real de Bujedo

Localidad
Santa Cruz de Juarros
Municipio
Ibeas de Juarros
Provincia
Burgos
Comunidad
Castilla y León
País
España
Descripción
EL MONASTERIO CISTERCIENSE de Bujedo de Juarros dista poco más de 24 km de la capital burgalesa. Se accede desde la N-120 en dirección a Logroño; antes de llegar a Ibeas de Juarros, un desvío hacia el sur nos conduce hasta San Millán de Juarros y Palazuelos de la Sierra, en las últimas estribaciones de la Sierra de la Demanda. La vida monacal en la comarca de Juarros cuenta con muy tempranos antecedentes. De 970 data el monasterio de San Adrián de Juarros, activo hasta 1107 y auspiciado por Álvaro Díaz y Teresa Ordóñez, personajes próximos a la Corte de Alfonso VI. Los mismos nobles que apoyaron la creación del cenobio de San Cristóbal de Juarros, que terminó por absorber al de San Adrián, pasando en 1151 a la Orden Premonstratense. No obstante, la primera noticia referida al lugar de Bujedo de Juarros data de 1070, cuando el presbítero Argisco entregaba sus bienes al abad García y al cenobio benedictino de San Pedro de Arlanza; en la misma relación se citaban unas casas y sus anejos. El actual monasterio de Santa María de Bujedo -a veces confundido con la casa premonstratense de Bujedo de Candepajares, en la margen derecha del Oroncillo, junto a los Montes Obarenes- está localizado a orillas del río Seco, tributario del Arlanzón. Fue fundado por Gonzalo de Marañón, alférez de Alfonso VIII, y su mujer doña Mayor García de Aza, hija de don García García de Aza, tutor de Alfonso VIII, hacia 1178, instalando allí una comunidad de monjes procedentes de la casa de L´Escale Dieu (filiación de Morimond), al igual que otras significativas fundaciones hispanas como Fitero, La Oliva, Sacramenia o Veruela. Años atrás, en 1159, el mismo Gonzalo de Marañón ya había intentado fundar allí un cenobio cisterciense por mediación de la comunidad gascona de Gimont (diócesis de Auch), iniciativa infructuosa a causa de la prohibición realizada en 1152 por el Capítulo General de la Orden sobre la fundación o afiliación de nuevas casas, y que no fue levantada hasta 1164. El año de 1172 como fecha de la fundación de Bujedo tiene su fundamento en las polémicas y resbaladizas Tablas del Cister publicadas por Ángel Manrique pero, como señalaba Valle, el documento más antiguo referido a la abadía de Bujedo data de 1182, fecha en la que doña Mayor García y su esposo don Gonzalo de Marañón, fundaban la casa femenina de Aza. Lo cierto es que en 1182 Alfonso VIII donaba a las monjas de Aza y a su abadesa doña Mayor -viuda de Gonzalo- varias tierras en la aldea de Camarena (Guadalajara), y en el mismo cenobio había ingresado Inés, hija de Gonzalo y Mayor, y puede considerarse como una fundación familiar de efímera vida sujeta a la casa masculina de Bujedo. Como quiera que Gonzalo de Marañón debió fallecer poco después de 1178, sugiere Valle que en torno a tal fecha Bujedo ya debía estar fundado. Fray Valentín de la Cruz prefiere señalar como data de fundación el margen 1166-1176. La primigenia comunidad bernarda en Juarros, de atenernos a los preceptos fijados por el Capítulo General de 1151 con respecto a las fundaciones sensu stricto, debió contar con doce miembros presididos por un abad. Para Pérez-Embid, en el origen del monasterio de Bujedo -como algunos pudieran sospechar- no parece estar el interés de los castellanos por afianzar sus derechos en una región fronteriza con las vecinas tierras riojanas. Aunque nunca llegó a ser un cenobio importante, en 1198 recibió de don Lope Díaz de Haro y sus hermanas, la reina doña Urraca -fundadora de Vileña- y doña Mencía, una serna en Santa Cruz de Juarros. En 1200 don Arm e ngol y doña Catalana, junto al concejo de Palazuelos de la Sierra, donaban al abad Español y a la abadía de Bujedo ciertos derechos perpetuos sobre riegos en la misma localidad de Palazuelos. En realidad, la necesaria capacidad compradora de Bujedo para hacerse con un dominio monástico durante los siglos XII y XIII fue realmente menguada, ocupando el último lugar entre los monasterios castellanos. En 1215 Enrique I confirmaba la donación del coto monacal de Bujedo, que ocupaba más de 46 hectáreas, siendo liberado del pago de portazgo, montazgo y herbajes. En 1219 compraba al monasterio de Arlanza la villa de Torrecilla -hoy pago de El Santillo, en el término de Palazuelos de la Sierra- y otros bienes en Gamonal, Palazuelos de la Sierra, Salgüero de Salce -hoy despoblado- y Revilla de la Fuente. Hacia mediados del siglo XIII obtenía propiedades y veces molineras en Revilla del Campo, Ruyales del Agua y Torregalindo, sosteniendo agudos conflictos con la abadía de Las Huelgas (1244) por la posesión de bienes en Palazuelos de la Sierra y alzando pleito contra Villamayor de los Montes (1249). En 1255 compraba a las nietas del fundador, doña Inés y doña María Pérez de Marañón, la villa de Báscones del Agua [del río Arlanza], la misma que se ponía como prenda a la hora de aceptar una capellanía perpetua en la misma abadía cisterciense por parte de don Grimaldo de la Mota. Otras donaciones dejaron para Bujedo bienes y haciendas en Villangómez (1244) y Hontoria de Suso (1273). A fines del X I I I, como ocurrió en otras tantas casas hispanas, muchas de sus granjas y propiedades fueron arrendadas a terceras personas, así la comunidad cedía vitaliciamente a doña Urraca, mujer de don Gil Pérez de Marañón, sus heredades, collazos, solares y bienes en Sanjarros, Aranda y Villalba de Duero, y también arrendaba sus casas en el barrio burgalés de San Lorenzo de los cardadores en 1261. Sancho IV había concedido a Bujedo la exención de los impuestos de yantar y entrada de adelantado por ser “muy pobre”; posteriores reyes confirmarán el privilegio, ocasionando no pocos problemas a los asentadores y recaudadores del siglo X V. A pesar de las estrecheces económicas, la abadía de Bujedo adquiría nuevas fincas en Báscones del Agua (1457), Montuenga (1478), Cardeñuela de Valdeorbaneja (1483), Quintanilla del Agua (1484), Villamiel de Muñó (1490) y Modúbar de San Cibrián (1494). El de Bujedo fue un modesto dominio concentrado principalmente en la comarca de Juarros (Santa Cruz, San Adrián, Salgüero, Revilla del Campo, Palazuelos de la Sierra, San Cibrián), con extensiones hacia Montuenga, Mazueco de Lara, la tierra de Burgos y ciertos subdominios en la Ribera del Duero (Aza, Torregalindo, Adrada de Aza, Aranda, Villalba y Sepúlveda) y el valle del Arlanza (Ruyales del Agua, Quintanilla del Agua y Báscones). En 1487, bajo el abadiato de don Sancho de Gamarra, la comunidad de Bujedo contaba con once miembros, y tras su fallecimiento, en 1508 ó 1509, los monjes deciden adherirse a la observancia de la Congregación de Castilla. El general reformador fray Lorenzo de Peñafiel acudió hasta Bujedo, presidiendo la elección de nuevo abad, cargo que recayó sobre fray Martín Valdés. En 1511 el número de religiosos se redujo a seis, quizá debido a la marcha de los que rechazaron la reforma. Parece que tras su integración en el seno de la Congregación castellana y la radical reforma de fray Martín de Vargas, Bujedo contó con rentas suficientes como para mantener una economía saneada, pero hacia 1640 acogía una comunidad meramente testimonial: tan sólo el abad y cuatro monjes. En 1747 intentan convertirlo en colegio de filosofía, no obstante lo cual terminó siendo cenobio de retiro para los monjes más ancianos del instituto y otros estudiosos que buscaban una vida de riguroso aislamiento. Hacia la segunda mitad del XVIII su situación económica resultaba verdaderamente catastrófica y ya era calificado como despoblado en 1775. Alejado de los principales caminos, el edificio permaneció íntegro hasta la desamort i z ación de 1835, reutilizándose después como vivienda de colonos y establos. Aunque fue declarado Monumento Histórico- Artístico el 3 de junio de 1931, su ruina fue irre v e rsible, siendo felizmente rescatado y escrupulosamente re staurado hacia fines de la década de 1970 por su actual p ropietario don Rafael Pérez Escolar. Santa María de Bujedo cuenta con aportaciones bibliográficas recientes y de indudable calidad, virtud por lo demás poco común entre otros monasterios castellanos y leoneses. Previa visita sería obligado recurrir a la concienzuda monografía histórica redactada por fray Valentín de la Cruz (1990) y al meticuloso estudio arquitectónico elaborado por José Carlos Valle Pérez (1986), eminente especialista sobre el Cister en los reinos occidentales. P resenta iglesia litúrgicamente orientada, con planta de cruz latina y una alargada nave de seis tramos. El crucero posee un tramo a cada lado y la cabecera capilla mayor semicircular y capillas colaterales rectangulares. La tipología de la planta eclesial de Bujedo resulta inusual en la Península, aproximándose a la de San Martín de Valdeiglesias y a la del cenobio femenino galo de Bouchet, si bien en estos dos ejemplos las capillas laterales son interiormente semicirculares. El aparejo pétreo es de excelente sillería arenisca, dotada de intenso veteado concéntrico rojizo y amarillento que fragua en un edificio de cuidadosa estereotomía y exultante horizontalidad tan sólo quebrada por la humilde espadaña alzada sobre el brazo meridional del crucero. Un conjunto completamente subordinado a los ideales de la orden cisterciense. El ábside principal, de espartana austeridad, carece de ornamentación, una sencilla imposta nacelada lo divide en dos cuerpos, el superior amenizado con tres ventanas de medio punto que apoyan directamente sobre el jambaje, presentan vano rasgado y aspillerado con sus aristas achaflanadas. La cornisa apoya sobre canecillos de triples cilindros y de nacela. La cornisa de la capilla septentrional es fruto de la restauración y de los canecillos de ambas colaterales, de simple nacela, se han conservado muy pocos. En los brazos del crucero, los canecillos originales combinan los perfiles de nacela con los de proa de nave, vegetales y cilíndricos. Una torrecilla de planta rectangular se yergue sobre el brazo septentrional del crucero, si bien su zona superior no pertenece a la fábrica original. El interior de la capilla mayor, precedida por tramo presbiterial recto, tiene arco triunfal apuntado y doblado, apoya sobre semicolumnas interrumpidas a media altura que descansan sobre basas áticas y ménsulas de triples rollos, justamente por encima de una imposta nacelada que se prolonga por todo el hemiciclo absidal. Los capiteles del triunfal, de clara fisonomía románica, presentan tosca orn amentación vegetal rematada por bayas superiores y cimacio nacelado liso prolongándose por el frente del muro, las pilastras de los torales y los muros del presbiterio. El presbiterio está cubierto con crucería cuyas nervaduras, de sección rectangular, tienen aristas achaflanadas y culminan en clave aspada. Una ligadura de similar sección pero de menor grosor que las nervaduras une la clave de la bóveda con la de los arcos norte y sur. Los paramentos presbiteriales presentan ventanas de medio punto abocinadas. El muro meridional del mismo alberga un arcosolio funerario de medio punto y el ábside semicircular una credencia. El hemiciclo absidal está precedido por triunfal apuntado que voltea sobre columnas entregas de idéntica disposición que las del acceso desde el tramo central del crucero. Sus capiteles tienen someros acantos terminados en bolas y toscas hojas nervadas, rematando en cimacio de nacela lisa que se prolonga hacia el tramo presbiterial a modo de imposta. El hemiciclo absidal se cubre con bóveda nervada que formula tres plementos cóncavos. Los nervios repiten la sección característica en las crucerías de la nave y crucero, coincidiendo en la clave del arco de ingreso y apoyando sobre columnas entregas idénticas a las del triunfal aunque de menor diámetro. Los sencillos capiteles vegetales, de desarrollos avolutados, rematan en cimacio de nacela lisa que se prolonga por todo el hemiciclo. Ventanas abocinadas de medio punto perforan cada uno de los paños delimitados por las columnillas entregas. A las capillas colaterales se accede desde un arco triunfal apuntado que voltea directamente sobre el muro, ambas están cubiertas con bóvedas de cañón apuntado cuyo a rranque queda perfilado por una imposta nacelada. Sendos vanos de medio punto perforan sus testeros orientales y los paramentos meridionales se amenizan con credencias de función litúrgica; en el costado norte de la capilla meridional aparece otro nicho de medio punto, quizá un arm ario mural. Hacia el exterior, la nave se cubre con tejado a doble vertiente. Restaurados la mayoría de sus aleros, mantiene ciertos canzorros en su muro septentrional que debieron sostener un viejo pórtico. Las dos puertas adinteladas y provistas de mochetas del lado septentrional aparecen cegadas. Hacia el mediodía presenta otras dos puertas, la del tramo inmediato al crucero, con arco rebajado fue restaurada en 1977; otra más entre el segundo y tercer ventanal aparece también cegada (existió además una puerta de conversos entre el cuarto y el quinto ventanal que fue tapiada). De inicios del siglo XVI data la puerta que comunica el claustro alto con el coro alto, trabajo que obligó a tapiar el ventanal inmediato; tiene arco rebajado de arista baquetonada y rosca con moldura cóncava ornada con bolas que se prolongan a lo largo de las jambas. Sobre el quinto fajón de la nave apoya una diminuta espadaña de un solo cuerpo perforado con arco de medio punto, ésta debió construirse con posterioridad al ingreso del monasterio en la Congregación de Castilla. Dos agujeros que perforan la plementería de la crucería del quinto tramo de la nave debieron servir para permitir el paso de las cuerdas que, manejadas desde el coro alto, controlaban el tañido de las campanas. La fachada occidental del templo es el sector más sobresaliente y vistoso del exterior, de hecho, su sentido monumental, de acuerdo con el acceso para la feligresía, es indicativo de su cronología tardía. Remata a piñón y está flanqueada por dos potentes contrafuertes de sección rectangular rematados en talud. Sobre el cuerpo inferior, casi al mismo nivel que los estribos, se abre la portada principal. Tallada sobre peculiar piedra blanquecina como en el ventanal superior de la misma fachada, presenta dos arquivoltas de boceles y escocias y chambrana abocelada, albergando en su interior un curioso arco trebolado cuyo intradós combina escocias y baquetones. Las tres arquivoltas descansan sobre columnas acodilladas de basas áticas entre jambas esquinadas que apoyan sobre plintos lisos y zócalo moldurado que se prolonga por el frente de la fachada hasta llegar a los contrafuertes. Los capiteles, de abarrocada y trepanada hojarasca gotizante, rematan en cimacios con perfil compuesto de baquetón, escocia y listeles. La chambrana parte de sendas ménsulas decoradas con buenas máscaras antropomórficas de amenazantes rasgos. A ambos lados de la portada aparecen crismones y dos ménsulas de perfiles cúbicos (perdida la del lateral meridional). Por encima de la chambrana surge una línea de canzorros que en el lateral septentrional incluye un sólido canecillo con perfil cilíndrico con media luna incisa en la zona superior, tales piezas debieron sostener un desaparecido pórtico del que existen referencias orales certificando una función funeraria (en el sector septentrional aparecen tres tapas de sarcófago y en el entorno del ábside varias sepulturas de lajas, alguna de ellas con cabecera antropomórfica). El cuerpo superior de la fachada occidental, ligeramente retrasado respecto al inferior, presenta un gran ventanal de medio punto con arquivolta baquetonada que voltea sobre columnas acodilladas, basas áticas y capiteles de crochets que invaden las esquinas de las jambas. Tiene chambrana de medio punto que combina baquetón y escocia, arrancando de ménsulas con cabecitas, similares a las de la portada inferior. En su interior, la tracería del ventanal perfila un óculo superior moldurado de irregular despiece y dos vanos apuntados rasgados inferiores de aristas y jambas achaflanadas. Los seis tramos de la nave se cubren con crucerías cuatripartitas reforzadas con sólidas nervaduras de sección prismática y aristas achaflanadas, rematando con claves decoradas (apreciamos una cruz, una estrella de David y otros motivos vegetales y geométricos) en los cuatro tramos más occidentales. Las nervaduras acodan sobre una imposta, prolongación de la que remata los fajones. Éstos son apuntados, doblado el triunfal, con perfil cuadrangular de aristas vivas, apoyan sobre semicolumnas adosadas a los muros que hacia la mitad de su altura culminan en ménsulas. Para Valle del análisis de las mismas se desprende la existencia de dos grupos diferenciados: de un lado las de los cuatro primeros tramos del muro sur (interrumpidas por encima de la imposta nacelada, se trata de ménsulas troncopiramidales invertidas con perfil nacelado y frente decorado con elementos vegetales o antropomórficos); del otro el resto de las del mismo paramento y las del muro septentrional (desbordan la imposta y continúan bajo la misma, el modelo más frecuente presenta gallones cóncavos en casquete semiesférico inferior y franja de crochets superiores). Todas las basas son de tipo ático con garras en las esquinas, características del románico tardío. Respecto a los capiteles, se repite la misma dualidad vista en las ménsulas de las semicolumnas: los cuatro del primer grupo tienen perfil cúbico-cónico, de evidente tesitura románica, ofrecen repertorios vegetales, de hojas nervadas rematadas en piñas o volutas terminadas en frutos; el resto de las cestas claramente resultan góticas, recurriendo a los crochets y a dos aves afrontadas en uno de los casos. Sobre las cestas corre una imposta nacelada (excepto en el primer soporte del lado norte, con doble bocel y escocia), que se prolonga a lo largo de los muros. El primer tramo del paramento meridional está perforado por una puerta moderna -datable tras el ingreso de la casa en la Congregación de Castilla- de arco rebajado y baquetonado que da paso al claustro bajo. Otra puerta cegada perforaba el segundo tramo, cercana al crucero, posee dintel que apoya sobre grandes mochetas de nacela, y como la anterior, facultaba el paso hacia el claustro. Consideraba Valle que pudiera tratarse de una puerta subsidiaria. La puerta de conversos aparece cuidadosamente cegada en el quinto tramo del costado meridional, si bien aún se reconoce en documentos fotográficos antiguos. En el mismo lado meridional se reconoce un arcosolio medieval apuntado y una arista achaflanada prolongada por las jambas. En el costado septentrional aparece otra puerta con arc o angular perforando el tercer tramo y otra más en el último tramo de la nave, de medio punto y sección prismática. En todos los tramos del nivel superior de los muros del paramento meridional aparecen ventanales de medio punto con acusado abocinamiento. En el costado norte sólo se perforan los tramos segundo y tercero y en el gran hastial occidental aparece otro ventanal de doble derrame y óculo superior al que antes hicimos referencia, está organizado de forma similar hacia el interior y el exterior. El coro alto, instalado sobre los dos tramos más occidentales de la nave, se cubre con bóveda estrellada rebajada que data de inicios del siglo XVI. El pavimento, muy restaurado, respeta sin embargo un modelo original de cantos rodados que formula diferentes composiciones geométricas, usuales en monasterios como el de Villamayor de los Montes y Las Huelgas. El tramo central del crucero se cubre con crucería cuatripartita de clave vegetal y nervaduras (como en los dos primeros tramos de la nave) de sección prismática y aristas achaflanadas. Los brazos del crucero presentan idéntica cubrición, si bien carecen de claves. Las nervaduras apoyan sobre impostas y ménsulas (en los testeros) decoradas con toscas máscaras en el brazo meridional y máscara y perfil troncopiramidal invertido en el septentrional. Las de este último brazo con cimacio baquetonado. Los torales apuntados voltean sobre pilastras coronadas por impostas naceladas o baquetonadas (en el soporte oeste del toral norte) que se prolongan a lo largo del paramento de los brazos. En el testero del brazo septentrional aparece la tradicional puerta de difuntos, característica invariante cisterciense, y un arcosolio de medio punto. La zona superior del hastial y del muro oriental queda perforada por sendos ventanales abocinados y apuntados similares a los de la nave. El ventanal del muro oriental arranca a partir de una imposta nacelada, perfil que se repite a media altura del mismo vano, en coincidencia con la prolongación de la imposta que -hacia el sur- separa la pilastra y el toral. El muro occidental del mismo brazo acoge una puerta rebajada que sirve de entrada al husillo de acceso hasta la torre, alzada en el ángulo formado por la nave y el crucero. El testero del brazo meridional del crucero está perforado por tres vanos: puerta de acceso hasta la sacristía, ventanal apuntado y abocinado y puerta de maitines hacia el extremo occidental, utilizada por la comunidad para acceder hasta la iglesia desde el dormitorio. El lado occidental del mismo brazo posee otra ventana abocinada y una puerta de medio punto, se trata de la puerta de monjes utilizada para facultar la salida hacia el claustro, si bien no resulta la localización más habitual entre los monasterios de la orden, pues solía instalarse en el primer tramo de la nave. En el caso de Bujedo se explicaría por la existencia de un templo de nave única cuya zona oriental acogía el coro monacal e imposibilitaba la apertura de un acceso en el primer tramo. Cuando en época posmedieval se traslada el coro monacal hasta los pies del templo, se procedió a la apertura de otra puerta en el primer tramo de la nave, libre ya del mobiliario coral. Hacia el exterior ambos brazos del crucero, con ventanales rasgados y apuntados, están coronados por piñones. El meridional revela ahora las rozas de una cubierta a dos aguas que coronaba el desaparecido dormitorio, por encima aparece una sencilla espadaña de dos cuerpos con vanos de medio punto -sólo el inferior es de época medieval- y cruz antefija en el coronamiento. En el muro occidental del brazo meridional del crucero se abre la referida puerta de monjes. Presenta tres erosionadas arquivoltas aboceladas y chambrana ornada con arquitos semicirculares y contario perlado que apoyan sobre cimacio nacelado con restos de decoración floral hacia el lado derecho, jambas esquinadas y columnas acodilladas coronadas por capiteles cúbicos de cestas completamente lisas (aunque los originales, malamente perceptibles en una fotografía publicada por Huidobro combinaban dos cestas vegetales y otras dos con parejas zoomórficas, los visibles en la actualidad fueron tallados durante la restauración) y basas áticas. Toda la portada muestra evidentes indicios de la restauración. Ante la carencia de testimonios epigráficos o documentales susceptibles de precisar el devenir de las obras de la iglesia, debemos recurrir al análisis de las diferentes etapas constructivas. Concluía Valle la existencia de dos campañas bien delimitadas sin mediar paréntesis cronológico. En una primera etapa se remató la cabecera, el brazo sur del crucero y parte del muro meridional de la nave hasta el cuarto tramo (quizá hasta los mismos pies en el arranque de la caja muraria). Durante la segunda campaña se completó el muro meridional, se alzó íntegramente el muro septentrional y los abovedamientos de la nave y se construyó el hastial occidental. La tipología de la pilastra occidental del brazo septentrional del crucero permite inferir cómo el muro occidental del mismo y la torre que se eleva entre la nave y el mismo brazo, corresponden a la segunda campaña. De otro lado, su testero septentrional y su abovedamiento y el del tramo central son también obra de la segunda fase. Para la bóveda del brazo meridional existen mayores dudas quizá debidas a la presencia de diferentes talleres, no obstante las ménsulas de las esquinas demuestran que desde el primer momento se concibió una cubierta con bóveda de crucería. El primer taller (ca. 1220) trabajó según pautas plenamente románicas bien perceptibles en la sencillez de sus ménsulas y capiteles, aunque incorporando novedades estructurales como las crucerías y los nervios. Su austeridad y limpieza muraria, la sobriedad y la sencillez ornamental son sus cualidades más significativas. Las sólidas nervaduras que cubren el cascarón de la capilla mayor, el perfil rectangular de las mismas y el empleo combinado de bóvedas de cañón agudo y nervadas encuentran paralelos en La Oliva y Fitero. Por otra parte la portada del brazo meridional del crucero sugiere afinidades con el románico rural burgalés (Pinillos de Esgueva o Huidobro), indicativo de la participación de canteros locales en obras sujetas al ideario estético del instituto cisterciense. La filiación del segundo taller (ca. 1230-1250) es más diáfana: los agudos piñones de los hastiales, los sólidos contrafuertes prismáticos, el gran ventanal de poniente perforado por óculo, los capiteles de crochets, las basas o las ménsulas con remates gallonados o vegetales, remiten a fórmulas ensayadas en Las Huelgas (y por extensión utilizadas en la abadía de Huerta y las catedrales de Sigüenza y Cuenca). En la propia área de influencia burgalesa edificios tan significativos como Villamayor de los Montes, Matallana o San Andrés de Arroyo certifican tal filiación, si bien infería Valle cómo los canteros de Bujedo parecen cometer ciertas “torpezas”, en relación con un monasterio de segunda fila cuyas rentas imposibilitaban la contratación de un taller de gran profesionalidad. Para la portada occidental, dotada del curioso arco trebolado, sugería una evidente influencia emanada desde la catedral burgalesa hacia mediados del siglo XIII. Dada la precariedad económica sufrida por la abadía de Bujedo a lo largo de la Edad Moderna, ha permitido que podamos reconocer la distribución general de las dependencias medievales. Del claustro medieval se conservan siete capiteles dobles, se trata de cestas completamente lisas, carentes de decoración que encajarían dentro de la órbita del primer taller; además de otras cuatro basas dobles de modelo ático sobre plintos cúbicos y varios fragmentos de fustes. Es posible que la totalidad del claustro se completara a lo largo del siglo XIII, fecha en la que encajan el resto de las dependencias claustrales. El claustro actual debió alzarse siguiendo la planta del primitivo, mantiene íntegramente las galerías meridional y occidental que se cubrieron originalmente con madera. Fue reconstruida además parte de la galería septentrional y el sector meridional de la panda oriental. Cada ala presenta dos niveles divididos por una imposta lisa, el piso inferior arranca de zócalo corrido y presenta siete arcos de medio punto que voltean sobre impostas lisas coronando pilares de planta rectangular. El piso superior cuenta con siete ventanales rectangulares enmarcados por molduras lisas. Sobre el dintel de los ventanales del centro de las crujías aparecen las fechas de 1628 (lado meridional) y 1630 (lado occidental). Los pavimentos de cantos rodados, idénticos a los de la iglesia y sala capitular, aunque ciertamente restaurados, siguen con fidelidad los modelos primitivos. La sacristía, adosada al hastial meridional del crucero, tiene acceso desde el mismo. De planta rectangular se cubre con bóveda de cañón que en su lado sur arranca de imposta nacelada. En época moderna la sacristía comunicaba con el claustro mediante una sencilla puerta adintelada. La estancia queda iluminada mediante un ventana de medio punto abocinada y de arista achaflanada practicada en el muro oriental, bajo ésta aparece una aguabenditera del XVI enmarcada por un arco carpanel cuya rosca presenta ornamentación vegetal muy maltrecha. La sobria sala capitular, adosada al muro meridional de la sacristía, se abre a la panda oriental del claustro mediante tres vanos, el central utilizado como acceso. Los tres son apuntados y presentan dos arquivoltas vegetales tremendamente erosionadas. En el vano central apoyan sobre complicados pilares de planta cruciforme con núcleo circular y una columnilla adosada en cada frente que recogen las arquivoltas externas, las internas y las nervaduras de las bóvedas del interior. La mayor parte de los fustes han desaparecido y sólo permanece completo el pilar septentrional interior. Poseen basas áticas, que parten de plintos lisos, con doble toro y moldura recta a modo de escocia -decorada a veces con una incisión en zigzag- y garras en las esquinas. Los capiteles están tallados sobre una piedra blanquecina, como los del ventanal y portada del hastial occidental y los interiores de la misma sala del capítulo, y presentan grandes hojas que recuerdan las de castaño. Hacia el interior, la sala presenta seis tramos cubiertos con crucerías cuatripartitas reforzadas por gruesas nervaduras de sección prismática y aristas achaflanadas, al igual que fajones y formeros. Las crucerías norte y sur poseen claves vegetales y la del tramo central -el inmediato a la fachada- un Agnus Dei con cruz y banderola, la otra clave del tramo central -ahora desaparecida- presentaba un Pantocrátor en el interior de una mandorla que sujetaba un libro con la izquierda y bendecía con la diestra. Arcos y nervaduras apoyan sobre dos columnas centrales de fustes monolíticos, basas octogonales y gruesos capiteles troncocónicos ornados con las mismas hojas de castaño que en la entrada, en el muro occidental nervaduras y formeros reposan sobre columnillas; en los otros paramentos, sobre deterioradas ménsulas cuyo perfil posee la forma de un capitel vegetal con cimacio poligonal. El muro oriental está perforado por una ventana en cada tramo, tremendamente disgregadas, son apuntadas y poseen derrame interno. En el muro meridional aparecen tres arcosolios que en origen debieron contener sepulcros. Para Valle, la identidad de las nervaduras de la sala del capítulo con relación a las de la iglesia, además de la familiaridad en la factura escultórica, aseguran la participación del segundo taller activo en la iglesia, hacia las décadas centrales del siglo XIII. Al sur del capítulo aparecen dos estancias rectangulares, a la primera se accede desde el claustro mediante una puerta con arco rebajado. En este recinto debió encontrarse la escalera de acceso hasta el dormitorio de monjes. Al segundo espacio rectangular penetramos desde una portada apuntada con doble arquivolta que apoya sobre imposta y jambas lisas, se cubre con cañón apuntado que arranca de imposta achaflanada y debió ser locutorio, parlatorio o sala del prior, facultando el paso hacia la zona de huertas. En su muro septentrional aparece una puerta cuyo dintel apoya sobre erosionadas mochetas (quizá la puerta del ingreso a la prisión, instalada bajo la escalera de acceso al dormitorio). Otra puerta abierta en el extremo meridional y que ofrece similares perfiles que la de entrada al presumible locutorio comunicaba con la sala de monjes, pero sus vestigios medievales no se han conservado. El dormitorio superior fue completamente remodelado hacia el siglo XVII. También sufrió radicales reformas el ala meridional, conservando las portadas apuntadas que daban paso al calefactorio, refectorio y cocina. Por su parte, la galería occidental acogió la cilla y el refectorio de conversos según el característico plan cisterciense, conservando hoy una parte del muro norte.